Dormir mal te está castrando

Colombia es uno de los países con mayor tendencia a madrugar en el mundo. Tendemos a levantarnos muy temprano y, en la mayoría de los casos, acostarnos muy tarde. Pareciera un signo de productividad, de ocupación, pero en realidad solo es un signo de agotamiento.

Estudios recientes han identificado efectos negativos entre la falta de sueño y la productividad, la acumulación de capital humano, la desigualdad y el crimen. No solo estamos somnolientos; también somos menos eficientes.

La cultura occidental que nos acompaña ha recalcado la importancia del trabajo duro, de que trabajar muchas horas es lo mejor y de que mientras más hacemos, mejor somos. Pero ¿cuánto tiempo nos tomamos para descansar? ¿Cuántos pueden darse el lujo de parar?

Existe un círculo vicioso entre descansar y trabajar, no siempre tenemos los recursos suficientes para detenernos y justo por estar tan agotados no alcanzamos la productividad necesaria para salir adelante. No es algo nuevo que la educación promueva trabajos menos extenuantes, pero la cultura de la velocidad y el afán sigue permeándonos más de lo que creemos, aun cuando descansar deja de ser algo imposible en nuestro estilo de vida.

Nos sentimos culpables por parar, por no hacer mucho en un día, por sacar una hora para un hobbie. El ejercicio es una tarea que debe hacerse rápido, la comida también, y compartir con otros muchas veces se percibe como ocio injusto e inmerecido.

Estamos intoxicados, especialmente por la inmediatez, celebramos la máquina que no para, que no duerme, que no necesita descanso, e involuntaria mente no vemos inferiores a ella, por requerir el descanso. Todo es para hoy, todo es para ya. Si descansas, estás haciendo algo mal; nadie que descanse tiene éxito. Frases como «al que madruga Dios le ayuda» y «el que no trabaje que no coma» se han malinterpretado hasta convertirse en un incesante «no puedo parar», lo mejor de la IA, de la máquina es que no falla, no se detiene, como si esto fuera un defecto de fábrica del ser humano.

Si Colombia ganara crecimiento económico por la hora a la que se acuesta y la hora a la que se levanta, seríamos ricos. Pero no lo somos. ¿Cuál es la fórmula entonces? ¿Alcanzar cierto nivel socioeconómico para poder descansar, o descansar para ser más productivos y eficientes?

Parece una encrucijada sin salida, pero tiene una reflexión muy profunda de fondo: más no siempre es mejor. Más no siempre implica excelencia. Más horas de trabajo no siempre significan bienestar ni vida equilibrada; solo nos recuerdan que estamos configurándonos no para trabajar y vivir, sino para vivir y trabajar, y que nuestra cultura de horas nalga, horas moviéndonos, sin importar la calidad de las misma, no sólo no nos hace competitivos, sino cada vez menos óptimos.

Y aquí es donde la economía tiene algo valioso que decir. El capital humano no se acumula solo con horas de estudio o años de experiencia; se acumula también con sueño, con tiempo libre, con la capacidad cognitiva que solo aparece cuando el cerebro ha tenido espacio para consolidar lo aprendido y procesar. Las investigaciones recientes lo documentan con claridad: dormir menos de seis horas por noche reduce la capacidad de toma de decisiones, la memoria de trabajo y la creatividad de forma comparable a estar legalmente ebrio. No es una metáfora; es fisiología con consecuencias económicas medibles.

La trampa más cruel del subdesarrollo no es la falta de recursos, sino la ilusión de que trabajar más los reemplaza. Cuando una economía no genera suficiente valor por hora trabajada, su respuesta instintiva es trabajar más horas. Colombia no es la excepción. Pero esa estrategia tiene rendimientos decrecientes brutales, donde a partir de cierto umbral de agotamiento, cada hora adicional produce menos, no más. Estamos en una carrera en la cual corremos más rápido para quedarnos en el mismo lugar y, encima, llegamos extremadamente agotados.

El problema no es solo individual, es estructural. Las jornadas extendidas, los salarios que obligan a tener dos empleos, la informalidad que no conoce horarios y la cultura que romantiza el sacrificio, construyen un país que confunde movimiento con progreso; un país que celebra al que no duerme, sin preguntarse qué tan bien piensa al día siguiente.

Descansar no es pereza. Es la inversión de mayor rentabilidad que existe en el único activo que no tiene reposición: usted mismo, y lo no invertido, no sólo no se gana, se devuelve en algo mucho menor, usted pierde, usted se pierde.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/carolina-arrieta/

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