Para escuchar leyendo: Un poquito de tu amor, Gustavo Santaolalla.
Permítanme, queridos lectores, empezar con una anécdota personal. Les prometo que tiene un propósito.
En la ceremonia de grados en la que recibí mi diploma de magíster, tuve el honor de pronunciar el discurso en nombre de mis compañeros graduandos. Para aquella ocasión quise invitar a mis colegas y a los demás homenajeados a una empresa compleja, pero necesaria para nuestro tiempo: enarbolar la bondad como bandera.
En ese discurso hablaba de cómo había encontrado esa invitación en la biblioteca de la Universidad, leyendo un bellísimo poema de Izet Sarajlić titulado Una calle para mi nombre. En realidad, todo mi discurso giraba en torno a ese verso dulcísimo que el poeta escribió en plena guerra.
Un par de días después compartí el video con algunos compañeros de trabajo que querían escucharlo, pues me habían visto escribirlo durante varias semanas.
Sin embargo, en la parte en la que menciono el encuentro con el libro, una de las personas allí reunidas soltó una carcajada. En el discurso contaba que “en la biblioteca que tenemos a unos pocos pasos de este auditorio” había encontrado el norte de mi reflexión; para mala suerte mía, justo ese día había estallado el escándalo del video con contenido explícito grabado precisamente en ese edificio.
Todo el discurso, toda esa perorata sobre la necesidad de enarbolar la bondad, quedaba reducido a un gran chiste por cuenta de una de las personas que —entendía yo— debía trabajar junto a mí en el propósito de nuestro empleo.
De eso ya varios años, pero justamente, y a propósito de un diálogo con demás compañeros sobre la realidad actual de la sociedad y ese espíritu de LinkedIn, he querido volver a aquella anécdota.
En estas sociedades de constante competencia en la que vivimos, se te exige ser un tiburón, un soldado dispuesto a todo con tal de ascender rápidamente hasta algún lugar de poder y prestigio. Todo es una lección, todo es un propósito que debe ser rentabilizado y pasado por el filtro de la resiliencia para camuflar la pérdida de un propósito humano para perseguir solo el del capital.
Entonces los compañeros se convierten en presas y depredadores, triunfan quienes más humo venden, quienes mejor construyen un personaje y engrasan las redes de las relaciones superfluas de la mutua alabanza. A muchos les he leído reconocerle a otros una visión necesaria para el cumplimiento de objetivos, pero nunca he encontrado en esas redes un reconocimiento al trato, a la bondad, a la ternura si se quiere, con la que se trata al otro.
Por fortuna existen oasis en medio de la competencia constante. Personalmente he tenido la oportunidad de trabajar para y con personas que llevan la ternura, la nobleza y la dignidad como banderas. Por eso sé que es posible, por eso reconozco que al éxito también se llega por caminos que no pasan por la humillación, la manipulación o el saboteo del otro.
La sociedad que nos alimenta la necesidad de competir y de ganar para obtener el ideal de vida que el mercado nos establece, después se pregunta por qué la salud mental parece inmanejable en nuestros tiempos, hasta el punto de ridiculizar a aquellos que no logran mantenerse de pie ante tanto choque con tristezas y fracasos.
Esta reflexión, que es a la vez una suerte de consuelo, surge también por algo escrito por una de esas personas con quien he podido trabajar, y que es de esas que llevan en sus acciones la consciencia del sentir del otro. Ella, en sus líneas, presenta a la bondad como un acto de rebeldía para los días que ahora vivimos. Créanme que no le he encontrado mejor definición que esa.
Tiene razón en ello, y en la certeza de que la bondad no es un acto de debilidad, sino por el contrario, uno profundísimo de humanismo, de fortaleza, de grandeza incluso, porque se sabe el individuo parte de un gran nosotros que solo sale adelante cuando se brega pa´l mismo lado.
Sigo pensando en que ese es el mejor legado que se pueda dejar. Ojalá que cuando me vaya, se me pueda recordar simplemente como un hombre bueno.
¡Ánimo!
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