“La exposición constante es la forma contemporánea de sumisión”
Byug-Chul Han
Cerré Instagram (espero que por mucho tiempo). Estaba cansada de sentirme parte de una locura colectiva de la que llevo siendo crítica hace mucho tiempo, pero de la que no me había atrevido a soltar mi participación. No estaba buscando alejarme, sino, por el contrario, acercarme nuevamente a mí y a los que me rodean. Pero, sobre todo, lo hice para recordar lo bello de la verdadera experiencia de la vida y para reconocer y honrar el derecho a la intimidad.
Seguro, como la gran mayoría, dedicaba horas a scrollear sin recordar siquiera la mitad de lo que había visto. Posteaba mi vida, a mi familia, a mis amigos, mi trabajo, frases que resonaban conmigo, y de vez en cuando daba un like.
No tenía un consumo problemático de esas redes, pero aun así había buscado “técnicas” para hacerlo menos, y casi siempre lo lograba. Sin embargo, tengo que reconocer que, aunque me daba permiso de 30 minutos al día para entrar, me vi postergando el cronómetro más de una vez. Y aunque no fuera demasiado para los niveles de consumo de esta droga, la atención perdida y la exposición pública de mi intimidad empezaron a volverse, en mi conciencia, un costo tan alto que decidí que no estaba dispuesta a pagarlo.
Parecía una adicta buscando estrategias para “consumir” menos, y ante semejante absurdo tomé la decisión de comprar mi libertad. Porque eso es lo que se gana: libertad, tiempo, silencio e intimidad.
Todos lo sabemos; somos conscientes de nuestro comportamiento frenético, pero pocos hemos decidido dar el paso. Como cualquier adicto, nos llenamos de excusas para no dejar la descarga de dopamina adictiva que genera navegar ahí. No juzgo a nadie, porque yo tuve las mismas excusas que escucho a diario: que es un buscador, que es como me entero de amigos que están lejos, que “el que no está no existe”, que es un buen lugar para contar lo que logramos… y muchas más excusas baratas para no admitir que no era capaz de apagarlo.
Ahora puedo reconocer con mayor claridad que somos esclavos de un par de empresas que viven del show que nosotros mismos construimos, y que lo peor es que andamos quejándonos por las consecuencias autoinfligidas: sentirnos aislados, con problemas de salud mental por la comparación, atascados de información o malinformados y llenos de spam generado con los datos que voluntariamente regalamos. La solución está literalmente en las manos de cada uno: hundiendo un botón podríamos curarnos, pero nadie se quiere hacer cargo. Preferimos esperar a que “regulen” el contenido o, peor, que la gente deje de subir contenido que desinforme o dañe. ¿Absurdo? Bajo cualquier lógica. Pero bueno, esta sociedad se volvió absurda.
Byung-Chul Han, filósofo contemporáneo —que recomiendo leer— ha hablado de esto de muchas maneras cuando expone sus tesis sobre la sociedad del espectáculo, la crisis de la narrativa, de cómo nos hemos vuelto exhibicionistas digitales dejando muy poco para la intimidad, de cómo estamos en una constante complacencia del ego y de cómo, con ello, estamos siendo testigos de la pérdida de humanidad en una especie de exterminio lento y doloroso.
No soy una nostálgica del pasado, ni creo que todo tiempo pasado fue mejor. Cuando hablo de regresar a la intimidad y reclamar lo que nos corresponde como humanos, no aspiro ni espero que dejemos de usar la tecnología, ni los medios digitales, y mucho menos la inteligencia artificial para mejorar la calidad de vida de todos. Lo que estoy diciendo es que, detrás de esa herramienta poderosa, también hay unos usos —en forma de aplicaciones— que nos están enloqueciendo como seres humanos y nos están llevando a ser nuestra peor versión.
Y aunque los dueños de estas compañías que disfrazan un marketplace de “red social” no lo hacen a nuestras espaldas —y nos entregan unos eternos y aburridos “términos y condiciones” que aceptamos sin leer—, la verdad es que el efecto colateral del uso de las redes no queda claro en esos contratos: la fragmentación de las sociedades, la amenaza a las democracias, los suicidios de jóvenes, el ciberacoso, la venta frenética de objetos y servicios basados en nuestro algoritmo.
Instagram, Facebook y X son marketplaces. El mejor canal de ventas, porque en primer lugar se ingresa voluntariamente; en segundo, se entrega gratuitamente la información personal, afinando con ello la oferta que hacen; y, en tercer lugar, se compra sin la sensación de que te “venden” —y la gente odia que le vendan—. Y aunque es una genialidad… ¿en serio queremos ser parte de eso? ¿Por qué?
Vale la pena entrar a cuestionar cada una de las promesas que nos hacen a millones de seres humanos para que nos desnudemos de esa manera grotesca ante millones de desconocidos:
- Que tendremos una comunidad. No es cierto. Las comunidades necesitan vínculos, y un comentario o un like no son un vínculo. Son gestos que se hacen sin pensar y que, a los tres minutos, olvidaremos. Seguimos a un montón de gente que ni idea quiénes son.
- Que podremos monetizar la creación de contenido. Menos de la mitad de los creadores de contenido monetizan su imagen; la mayoría de quienes lo hacen ya eran famosos por otros talentos, y de los que restan, no viven —en su mayoría— de esta tarea.
- Que vamos a estar informados. La gran mentira. Si antes ya había crisis de confianza porque nadie cree lo que otros cuentan de sus vidas, ahora, con la inteligencia artificial —donde no es posible distinguir un humano de un avatar—, la confianza se desplomó.
- Que vamos a estar conectados. Esta sí la cumplen. El mayor competidor de las redes sociales no es otra red social: es la atención, el sueño y el tiempo en pantalla. Por eso son tan buenos en hacernos adictos: porque ese es el centro de su negocio.
Yo, por ahora, me vuelvo a poner mi ropa, reservo mi intimidad para lo que es y decido que mi vida (para ellos, “datos”) no está en venta al mejor postor.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/juana-botero/