Para escuchar leyendo: Sin medir distancias, Diomedes Díaz.
La viralización de la candidatura del Pechy Players no es un accidente ni una anécdota pintoresca de la política contemporánea. Es un síntoma. En tiempos donde la representación institucional atraviesa una crisis de credibilidad, figuras que nacen y se consolidan en el ecosistema digital logran conectar con públicos que se sienten ignorados, subestimados o directamente excluidos del debate público formal.
No es, a mi juicio, el escenario ideal. Tampoco creo que ese estilo —marcado por la vulgaridad, la espontaneidad y el lenguaje de redes— represente la dignidad que uno espera de lo público y de las instituciones. Las instituciones necesitan formas, reglas, sobriedad; mejor dicho, una majestad indiscutible. Necesitan cuidar el lenguaje porque el lenguaje construye autoridad, confianza y horizonte común. La política no puede convertirse solo en espectáculo ni en algoritmo.
Pero reducir el fenómeno a una crítica estética sería un error cómodo. El personaje del Pechy Players no es solamente una forma; es también un contenido. Es la expresión de un malestar que circula por fuera de los canales tradicionales. Es la traducción, con códigos digitales y orgánicos, de conversaciones que ya estaban en la calle, en los chats familiares y en los grupos de amigos. Ignorar o descalificar como “falta de seriedad” equivale a desconocer una parte real del país. Ya lo demostró su éxito rotundo en los eventos del Carnaval de Barranquilla.
La historia reciente muestra que cuando la política institucional no logra canalizar demandas, emergen figuras que interpelan desde otros lenguajes. Ahí están ejemplos internacionales tan disímiles como Donald Trump o Javier Milei, cuya irrupción estuvo profundamente ligada a una narrativa antisistema y a una comunicación directa, emocional y muchas veces disruptiva. Y ojo, con una subestimación que después se tornó en arrepentimiento. No se trata de equiparar trayectorias ni propuestas, sino de entender el patrón, la política se desplaza hacia donde está la conversación social.
El fenómeno del Pechy Players revela algo incómodo pero valioso: hay una demanda de autenticidad, de ruptura con el tono acartonado, de decir “lo que la gente piensa” sin el filtro del discurso técnico. También revela desconfianza hacia las élites, hartazgo frente a promesas incumplidas y una percepción extendida de distancia entre representantes y representados.
La tarea, entonces, no es solo criticar sus formas ni ridiculizar a quienes lo siguen. Es preguntarse por qué esas formas resultan tan atractivas. ¿Qué vacíos dejó la política tradicional? ¿Qué temas no se están abordando con claridad? ¿Qué emociones no están siendo reconocidas?
Defender la dignidad de lo público implica elevar la discusión, sí, pero también ampliar la escucha. Si la candidatura del Pechy Players es un reflejo de lo popular, el desafío es traducir esa energía en propuestas serias, viables y respetuosas del marco institucional. Porque hay que reconocer que él no solamente representa a su personaje, le habla a un público específico como el campesinado cordobés.
No basta con oponerse; hay que ofrecer un proyecto de país que dialogue con esa sensibilidad sin renunciar a principios.
El Pechy, más que un fenómeno para escandalizarse es un espejo. Y los espejos, aunque incomoden, ayudan a entender quiénes somos y qué necesitamos cambiar.
¡Ánimo!
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