Cuando la política rompe los afectos

Luego de unas álgidas elecciones en Colombia, en donde al parecer estamos partidos en dos como nación, entramos a un escenario postelectoral en el cual los vínculos, las familias y los afectos también se vieron forzados a entrar en esa lógica de división. Así como el país parece roto, muchas relaciones personales también empezaron a resentirse. Porque esa idea de que, si no estás de mi lado político o si no tomas partido, nuestro vínculo o afecto es susceptible de ponerse en duda, se posicionó como una idea muy profunda en el sentir de muchas personas.

Esa nueva realidad hace que surja una pregunta válida que para muchos ya tiene una respuesta absoluta, pero que, dadas las consecuencias postelectorales, es necesario volver a hacer las veces que sea necesario: ¿realmente todo es político? ¿Los afectos personales dependen de lo político? ¿Querer a alguien lleva implícita la idea de identidad política?

Esta pregunta es mucho más válida cuando una de las narrativas más fuertes de la campaña fue justamente una respuesta a este interrogante. Se repitió por múltiples plataformas de redes sociales que todo es político y se decía algo como: “No me digas que el amor no es político; no podría amar a alguien que defienda x, y o z cosa”. Así se replicó en múltiples escenarios, con una conclusión contundente: todo es político.

Esta posición es válida, pero también lleva implícita una suerte de identidad ideológica o, para matizarlo mejor, una similitud de ideas políticas para que el vínculo o el afecto puedan existir. Sin embargo, las relaciones humanas, sin el tinte político, ya son complejas; agregar ese factor en discusión termina por complejizar aún más el asunto.

Desde mi óptica personal, el rompimiento del afecto por razones políticas, o la negación del vínculo por no compartir posiciones electorales, lleva en el fondo a la incapacidad de conversar o confrontar las ideas propias. Y, en un marco social, a una suerte de segmentación entre buenos y malos, entre bandos, claro está, dependiendo de la orilla en donde uno se posicione.

En medio de este sentir, y después de conocer casos de amigos y familiares que rompieron o tuvieron discusiones fuertes con sus afectos y vínculos por razones políticas, se vino a mi cabeza un choque cultural que tuve a mis 21 años en Canadá, más precisamente en Montreal. No llevaba más de una semana allá cuando la profesora Nan nos reiteró en más de una ocasión: “Recuerden que no es polite o educado hablar de política y/o de religión con los demás”. Algo así como un veto a esos temas, una prohibición de tocar asuntos que mueven fibras y que eventualmente pueden romper las relaciones humanas.

Ahora me pregunto: ¿qué es lo más conveniente? ¿Hablar o no hablar de política con mis vínculos? ¿Debería ser un tema vetado en las conversaciones cotidianas? ¿Así como la religión, debería ser un asunto de nuestra intimidad?

No tengo una respuesta absoluta. Sin embargo, sí resiento el daño que puede hacer una política apasionada, manipulada, invasiva y agresiva, amplificada por la inteligencia artificial y las redes sociales. Una política que se acompaña de una era en donde la comunicación duerme en nuestro nochero, se construye con algoritmos, se nutre de fake news y cada día es más masiva.

En medio de un escenario en donde la política se mete por nuestros ojos sin filtro, sin descanso y es susceptible de ser manipulada, sí vale la pena preguntarse si tiene sentido dejar de querer, soltar vínculos y negar amistades por ser fieles a ideas políticas y, sobre todo, a los líderes que hoy las representan.

Porque una cosa es tener convicciones políticas y otra muy distinta es permitir que esas convicciones nos dejen sin afectos, sin vínculos y sin país compartido.

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