Conquistamos el Espacio. Perdimos la Mesa.

El pasado 7 de abril, durante cuarenta minutos, cuatro seres humanos desaparecieron del mundo, debido a que la nave Orion cruzó el lado oculto de la Luna y las señales de radio dejaron de funcionar. Sin comunicaciones; Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen estuvieron completamente solos, más lejos de la Tierra que cualquier ser humano en la historia, flotando en el silencio más absoluto que existe.

Por segunda vez, la humanidad salía de la órbita terrestre, alcanzando 406.771 kilómetros de distancia, un nuevo récord absoluto, y desde allá arriba, el astronauta Víctor Glover describió algo que ninguna fotografía había capturado antes, dando a entender que la Luna no parece tan negra comparada con el negro del espacio. Es más bien un orbe oscuro suspendido contra una penumbra, un gris suave que se funde lentamente con la nada. La Tierra, en cambio, brilla.

Por su parte el comandante Reid Wiseman contó que en un momento la nave se reorientó y el planeta entero apareció de golpe en la ventana, completo, redondo, azul, flotando en silencio sobre el vacío. Dice que justo en ese momento la tripulación quedó absorta y ninguno supo qué decir.

Carl Sagan, astrónomo y astrofísico del sigo XX lo dijo mejor que nadie en su libro Punto Azul Pálido (1994), “la Tierra es una mota de polvo suspendida en un rayo de sol”. Toda la historia humana, todas las guerras, todos los amores, toda la infancia y desarrollo de los humanos que han existido, ocurrió aquí. En este punto azul, diminuto e improbable.

Somos la única especie conocida capaz de contemplar su propio lugar en el universo, y somos, también, la única que ha construido un sistema de vida diseñado para impedirlo. El filósofo surcoreano Byung-Chul Han lo diagnosticó con precisión en su obra La sociedad del cansancio. Para Han, vivimos atrapados en una cultura del rendimiento donde cada individuo se ha convertido en su propio verdugo. Nos autoexplotamos con entusiasmo, confundimos el agotamiento con el mérito y hemos convertido el tiempo en un recurso que se optimiza, no que se vive.

Aristóteles llamaba eudaimonia a ese florecimiento humano que todos buscamos, y advertía que no ocurre en la acumulación sino en el cuidado del otro. Una especie capaz de llegar a la Luna debería ser capaz, también, de criar y cuidar con intención a quienes trae a ella.

A 400.000 kilómetros, cuatro astronautas quedaron absortos mirando la Tierra. Aquí dentro de la tierra, hay niños esperando que alguien los mire a ellos.

Las cifras son muy dolorosas. Según la Encuesta Nacional de Salud Mental, el 44,7% de los niños en Colombia presenta indicios de problemas de salud mental, lo que corresponde a cerca de seis millones de niños. Entre 2019 y 2023, el Instituto Nacional de Salud registró 51.373 intentos de suicidio en personas de entre 5 y 17 años. El DANE reportó 1.601 suicidios consumados en ese mismo grupo.

Y estos hechos no ocurren de repente, como todo, tiene una raíz y un contexto. La neurociencia lo explica evidenciando que el cuidado y los vínculos afectivos no deben ser un lujo emocional, sino que son una necesidad biológica que debe garantizarse para el desarrollo físico, mental y emocional de cualquier ser humano.

La ciencia también argumenta que tanto la arquitectura cerebral como la regulación emocional y la sensación básica de seguridad en el mundo se construyen en la interacción repetida y sensible con adultos disponibles. En la presencia, y la presencia demanda del recurso que hoy escasea más que cualquier otro, ¡El tiempo!

Podemos seguir llamando a estas cifras y eventos como una crisis de salud mental, o podemos hacernos una pregunta incómoda ¿dónde estaban los adultos mientras esto ocurría?

Lo más seguro es que estaban trabajando, y la verdad sea dicha, en muchos casos no es que los adultos no quieran estar con sus hijos, sino porque no había otra forma, porque el sistema no fue diseñado para que el cuidado y el trabajo coexistan con dignidad. Hemos organizado el mundo como si los niños no existieran. Y ellos están pagando esa deuda con su salud, con su desarrollo, con su vida.

Esos niños no son una estadística. Son la humanidad que viene, la única capaz de construir formas de vida sostenibles, no solo en el planeta sino en el individuo y en la familia. Pero para eso necesitan adultos presentes que sean capaces de volver a lo básico. Las soluciones existen, comenzando por licencias de paternidad reales, políticas de cuidado y culturas organizacionales que no confundan compromiso con sacrificio. Es una decisión política, empresarial y personal.

Cuando Orion recuperó las comunicaciones, Christina Koch dijo «Estamos de camino en regreso a la Tierra.» El lugar del universo en donde los niños esperan la mesa puesta y el abrazo que ninguna métrica puede medir.

Conquistamos el espacio. Ahora conquistemos la mesa.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/vanessa-gutierrez/

5/5 - (4 votos)

Compartir

Te podría interesar