Querido amigo, se aproximan las elecciones y recién me entero —por saliva ajena, como verás— sobre tu intención de voto. Me decepciona, pero no me sorprende en vos. Tu condición de ilustre y sabihondo siempre te ha caracterizado entre las gentes, pero, como sabrás, ese manto te lo quitás conmigo. Yo no te aprecio por tu supuesta brillantez sino por tu tan característica capacidad de quedarte dormido en medio de la fiesta.
Pues bien, querido compañero, esa condición tuya te amarra. Tu voto es el del sabio que se quiere ver y sentir como tal. Sabia solo es la Diosa del Mar. A nosotros, simples criaturas más parecidas a las moscas que a los dioses (pero quizás hasta más delirantes que aquellas en nuestro intento por copiar a lo del más allá), nos quedan, si mucho, los ripios del saber. Nos queda la pregunta.
Pero, al parecer, vos te convenciste de que algo sabés. De lo contrario, no entiendo ese voto tuyo sabihondo y moralizante. Votás por Fajardo en un vano intento por aferrarte a la muerte. Es un voto para vos, ¿no? Votás por vos. Para poder escaparte de la conversación o hasta infiltrarte en la conversación más delirante y agresiva. Es cobarde. Pensarás que es un acto patriótico o simbólico en defensa del centro. Pero, a ver, amigo fiel, en el país postplebiscito, ¿cuál es la mitad? En el país de la guerra, hablar de centro es un eufemismo. Entre la vida y la muerte está lo que nos caracteriza: la desaparición. No me sé otra mitad.
Recuerdo cuando votamos, juntos, por el SÍ a la paz. Pues claro. Ni lo pensamos. ¿Y ahora? Claro, me hablarás, como lo hace cualquier periódico o televisión nacional sobre el fracaso de la paz total. Como si quien vota lograra reconciliarse sin más con su pareja. Como si quisieran pedirle a una inteligencia artificial que les resuelva el problema fundacional de este país. Por eso, quizás, prefieren renunciar con facilidad. Y qué mejor renuncia a la espera que la afanosa y efectiva naturaleza comunicacional de la guerra.
Como si esa parranda de maravillosos, efectivos y precisos “resultados operacionales” transmitidos rápidamente por Caracol o RCN que nos dejaron los gobiernos armados hasta los dientes no fueran más que simples montajes impulsados por el afán de resultados exigidos, sobre todo, por la gente. Resultados operacionales exprés, claro, que hoy ascienden a 7.837. Como si no les bastara. Como si no se agotaran de tanto ver televisión.
Apostarle a hablar, en este país de mudos, es arriesgado. Más fácil les parece hacer callar al delincuente que, otrora, quizás fue su amigo. Pero, en todo caso, tu voto lo entiendo desde tu terquedad típica de lector afanoso. Lo que no entiendo es el más peligroso caso, y para el que amablemente solicito tu ayuda, de nuestro amigo Julián. El pobre hombre, cuando le hablo de política, se queda pasmado y de inmediato cambia el tema.
Julián, creo, votará por Paloma. Entiende esa nimiedad tan poderosa (por lo irracional) que intento torpemente camuflarte con palabras bonitas: votar por Fajardo es botar el voto. Con eso basta, creo. Julián lo entiende. Sin embargo, el suyo es el voto tímido y secreto de quien entiende y respeta los linderos de la izquierda, pero los mira montado desde su caballo blanco de Bolívar. No entra a la izquierda porque, debo admitirlo, como todo movimiento político en vigor y repleto de juventud con las brasas hirvientes, no resulta muy acogedora con quien introduce la duda. Julián ha salido asfixiado de más de una conversación con el grupo, no tanto por sus inquietudes, sino porque de inmediato arremeten contra su persona. Falacias enemigas de la conversa. Eso sí no, y se lo abono al pobre hombre.
Pero, a ver, vos que sos amistoso y sé que quizás podés renunciar a esa torpe cadena del voto de museo que vas a ejercer, hablá con Julián. Sus prioridades, porque me lo ha dicho, son la paz, la educación y la política internacional. Decíle vos que marcar Paloma, esa mañana, a solas con el tarjetón, es firmar un cheque con el misil, el señor pelucón del norte y los tumbamontes de este país. Que no se deje convencer por el fantasma sonriente y de revista JetSet que es Oviedo. Oviedo es florero en la casa de Paloma cuya contraseña del wifi es Uribepapasito15.
No podemos dejar que se nos monte el imperio del balín, como si no hubiéramos aprendido nada. Como si nos fascinara dar tumbos y regresar a la batalla. No me convence esa palabra ya rancia y oxidada, de lo baleada y humedecida por la tubería dañada en la prisión que habita. ¿Sabés cuál? Claro, no hace falta decírla. Tampoco defiendo al ladrón, ni al que disfrute empuñando un arma cualquiera. Pero no quiero votar por enseñar a disparar. Prefiero que de mi mano brote un intento fallido de conversar, no una familia teniendo que recortar gastos para pagar un funeral. No es solo eso, lo sé. Y me insistirás. Pero, ay, querido amigo. Voto desde la ingenuidad y eso, quizás, sea mejor que hacerlo desde el miedo.
Me despido de vos con una frase de nuestro antiguo amigo, el Erasmo de Rotterdam: «Si los imbéciles son los más satisfechos de sí mismos y los más admirados por todos, ¿quién será el necio que prefiera la verdadera sabiduría, que tanto trabajo nos cuesta adquirir, nos vuelve tímidos y vergonzosos, y, por último, encuentra tan pocos apreciadores?».
Adiós, querido amigo. Y buen provecho.
Cordialmente,
El cocodrilo
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/martin-posada/