Esta es la historia de los abuelos de la amiga de una amiga de una amiga.
Al abuelo llamémoslo Efrén.
Efrén tenía casi 25 años y lo estaba dejando el tren: no había hecho familia y ya tenía una finca que le había dejado el papá para trabajar. Por ahí alguien del pueblo le dijo que la hija mayor de (llamémoslo) Emilio estaba disponible, y a él le pareció perfecta: era una muchacha hermosa y de buena familia. Habló con Emilio que le aceptó la propuesta, se conoció con (llamémosla) Cielo, le pareció bien criada, se intercambiaron un par de cartas, no muy largas porque ninguno de los dos pasó de tercero, y unos meses después ya eran marido y mujer. Eran los años 40.
Una vez, Cielo se dio cuenta de que su esposo tenía una amante y entonces le reclamó. Efrén, sin quitarse el sombrero, le respondió: o se hace la boba, o la dejo ahí con sus cinco hijas. Y la abuela se hizo la boba por el resto de la vida porque, además, le había hecho una promesa a Dios: hasta que la muerte nos separe.
Una de las hijas de Cielo y Efrén piensa lo mismo: aunque el marido que se consiguió no es buen marido, ella también le hizo la misma promesa a Dios. La hija de la hija de Cielo y Efrén piensa lo mismo, y ahí están todavía muy casadas, excepto Cielo, que se murió hace diez años.
Quizá todos tenemos una historia de la amiga de una amiga de una amiga: porque en el siglo pasado era todavía una regla social casarse y la misión era tener una familia. El matrimonio como un arreglo social. Lo del amor era una coincidencia —y es un invento moderno. Y aunque las cosas han cambiado, no tanto: cuántas historias de hombres con dos familias nos sabemos. Cuántas historias de mujeres que no se separan porque la religión no las deja o, mínimo, el qué dirán. Cuántas historias de mujeres maltratadas que tienen que seguir casadas porque dependen económicamente, porque tienen miedo, porque no saben que pueden irse.
Por eso son tan peligrosos los discursos como el de la influencer de esta semana que trató de explicar la palabra sumisión, diciendo que la misión del hombre es seguir a Dios y la de la mujer seguir al hombre, pero que como la energía del hombre está equilibrada y la de la mujer está equilibrada, pues todo bien. El paraíso.
Y son peligrosos porque detrás de un tono amable y motivacional, sumándole el argumento religioso, se esconde el retroceso de muchos años de lucha de los derechos de las mujeres que, aunque ganados, estamos en una época en la que se cuestionan o no se cumplen del todo: la autonomía sobre nuestros cuerpos (el aborto, por ejemplo), la participación política, que todavía haya salarios menores que los de los hombres por el mismo trabajo y el mismo esfuerzo, la protección contra distintas clases de violencia. Todavía el mundo no es equitativo, y están surgiendo movimientos que buscan que no lo sea.
La misión de una mujer no es ser sumisa a un hombre, ni a nadie. Incluso si ese hombre está equilibrado energéticamente. Incluso si esa mujer, libremente, decide la vida doméstica —que mal remunerada que sí está—. Pero no nos vendan como lo correcto esa vida de sumisión, esa idea de que no elegirla, o no entenderla, significa que estamos fallando.
Dónde quedan, además, las madres cabezas de familia —muchas porque un hombre decidió que su misión era no responder por sus hijos. Dónde queda la libertad de elegir estar sola. Dónde quedan todos los matices en esa reducción misional y retrógrada.
Es un discurso machista que trata de disfrazarse de que no lo es simplemente porque aclara que no defiende el machismo o porque dice que aunque sumisa, una mujer puede pensar. No, mi ciela, para empezar, el que tiene la plata pone las condiciones. Y si es por dar ejemplos religiosos, tantas injusticias y cosas terribles se han hecho justificadas en los designios de Dios.
Quizá para esas influencers que reciben dinero por vender su imagen en redes es fácil decirlo: sus vidas digitales son su invento, y una vida inventada es perfecta. Pero que no se nos olvide que están haciendo dinero, y que lo que hay detrás, en la vida real, cuando apagan las cámaras, no lo sabemos.
Es importante cuestionar estos discursos, poner atención a lo que le damos importancia en las redes: qué miramos, a quién retuiteamos, qué likes sumamos, qué comentamos. El discurso de las Tradwives amenaza los derechos de las mujeres —que además no es lo mismo ser una esposa rica tradicional con mucha gente que te ayuda a cuidar a los niños y a organizar la casa—. Porque aunque parezca que un post de redes es insignificante, también puede ser el comienzo de movimientos antiderechos que luego se hacen realidad con leyes en gobiernos de esa línea. Ya hay ejemplos.
Y bueno, que alguien tenga miles de seguidores y se llame influencer no significa que tenga algo que decir. Por eso, principio básico, no hay que escuchar a todo el mundo, y por eso hay que levantar la voz contra las barbaridades que se dicen por ahí. Tampoco creer en los arrepentimientos que perfuman la mierda con otras palabras.
Lástima que el pensamiento crítico no se reproduce a la velocidad de la luz.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/monica-quintero/