De cara a la segunda vuelta presidencial las opciones que quedaron en el tarjetón ya comienzan a exigirnos, a los indecisos y a quienes votamos por otras opciones en la primera vuelta, a que nos sumemos a sus bandos. Porque es lo correcto, lo que salvaría al país del desastre que representa la opción contraria y porque es la posición moralmente adecuada para estos tiempos liminales de nuestra República. Pueden poner estos «argumentos» en cualquiera de las dos opciones y sus fanáticos, de lado y lado, los defenderán con vehemencia.
Cepeda y Abelardo proponen dos visiones de país diametralmente opuestas y Colombia habló con contundencia en las urnas al elegirlos; pero esas campañas tienen que entender que los más de 3,6 millones de personas que votaron por otros candidatos y por el voto en blanco también rechazaron lo que estas representan. El chantaje moral no va a ser suficiente para seducir a esos electores.
Ese rechazo tiene fundamentos. Abelardo promete la consolidación de una sociedad conservadora, un Estado autoritario y perseguidor de las diferencias, una actitud hostil con las libertades y derechos de las poblaciones diversas, minoritarias y vulnerables y un modelo embarcado en el extractivismo que valora lo que hay debajo de la tierra destruyendo lo que florence encima de ella.
Cepeda, por su parte, es enigmático en su programa y propuestas. Dice querer continuar el programa de Petro pero no precisa qué parte de este merece darle continuidad y no se hace cargo de los desastres que deja: como el grave problema fiscal, el doloroso estado en que entrega el sistema de salud, el fracaso rotundo de la paz total y el consecuente deterioro de la seguridad y los daños que ha generado al debate público el nocivo liderazgo del actual presidente. La promesa de continuar con el programa del gobierno genera dudas legítimas frente a la división de poderes, el alcance de una peligrosa constituyente en un momento de hiperpolarización y la seguridad jurídica y fiscal del modelo económico.
Ambos candidatos tienen relaciones altamente cuestionables y muchos no quisiéramos que estas personas estén cerca del poder. Además, ambas propuestas vaticinan un gobierno confrontativo, irrespetuoso de la diferencia y que alimentará la destructiva división que hoy sufre el país.
El chantaje moral que pretenden cada una de las campañas desconoce la legítimas preguntas, miedos e indecisión de una parte de nuestra sociedad que no los eligió. La responsabilidad moral no está en está en estos electores sino en los candidatos que buscan conquistarlos y que hoy no dan señales para que confiemos en su propuesta.
A sus campañas y seguidores les digo: seduzcan a los electores en vez de someterlos al hostigamiento moral que busca constreñirlos irrespetuosa y descaradamente. Valoren sus preocupaciones dando gestos de moderación en sus posturas y propuestas y limítense a respetar la conciencia y la libertad que tenemos todos de elegir en un sistema que aún -para pesar de ustedes- es democrático.
Nota: después de tres años de ausencia, vuelvo a ser columnista de NoApto. Estoy feliz de volver a este medio que se ha consolidado como referente en la opinión regional y nacional. Espero estar a la altura de sus brillantes columnistas y de sus posiciones irresistiblemente no aptas. Nos leeremos cada jueves.
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