En este paranoico interludio electoral hay que buscar algún rincón para distensionarse. Pita y pita la olla y nada que están los frijoles. Pita y pita y, por lo menos, a mí, me tiene aturdido. Cada cual buscará su rincón de distensión (fútbol, caminatas, páramos, meditaciones, alucinaciones, parches, aguardientes, cubículos, etc.), pero en mi caso, cuando es tétrico el ambiente y las lágrimas merodean los párpados, me recuesto en lecturas o películas de terror.
Elijo el terror porque me gusta creer que prepara para lo peor. Me hace vivir lo atroz de antemano. Es un excelente simulacro. Preparaciones para la dificultad. Para la tristeza o el dolor. Es, a grandes rasgos, lo mismo que se busca con una meditación guiada. ¿O no? En fin, sobran los porqués del rincón de cada quien.
Por fortuna para el peculiar combo de gente que comparte este acercamiento al terror, justo tenemos dos películas que están dando mucho de qué hablar. Me refiero a Obsession de Curry Barker y Backrooms de Kane Parsons.
Las vi en ese orden. Para ver Obsession, fui al cine como violinista. Acompañé a un amigo junto con una chica con la que está saliendo desde hace dos o tres semanas. Aclaro que no soy tan metiche. Pregunté antes de unirme y ambos secundaron mi presencia fantasmal, así que empaqué mi violín y arranqué.
La película mezcla el horror gráfico con el terror paranormal, este último muy bien disimulado. Lo sobrenatural o paranormal está presente, pero no sabemos muy bien cómo ni qué ni quién. La película logra aterrarnos al introducir una cadena de pensamientos y preguntas (implícitas) en nuestras cabezas, más o menos así: ¿esa es Nikki o quién? Y es que, si no es Nikki, ¿quién más va a ser? Pero no es Nikki, ¿no? Algo cambió… Está pero no está. ¿Quién es esa? ¿Dónde está Nikki?
Jamás lo sabremos.
Días después de verla, una amiga me contó que en Twitter circulaba la teoría de que el espíritu del gato había poseído a Nikki. Habrá a quien eso le parezca aterrador (mi amiga parecía aterrada y poseída por esa conclusión). Yo prefiero pensar que otra cosa la poseyó, pero ahí (creo) está la magia del terror sobrenatural que envuelve la película. En esa duda sobre qué hay ahí realmente que no es lo que vemos. Qué o quién es la que duerme con Bear. Qué o quién es la que lo mira en la madrugada con una coquetería deliciosamente tétrica desde la esquina de su propia habitación. Ese es el gran acierto de la película, más allá del horror y la sangre, que en este tipo de entregas son más bien predecibles (un must), ¿o no?
Ahora, hay que decirlo, el acierto de la película va de la mano del papelazo de Inde Navarrete. Inde logra interpretar dos personajes (¿o más?) e, incluso, logra hacer transiciones teatrales de una a la otra. Como en ese sublime final que, por lo inesperado, para mí fue lo mejor de toda la película.
Al salir del cine, después de ver semejante historia sobre una pareja que recién se conoce, miro de reojo a la pareja que acompaño (que recién se conoce), como quien dice: «bueno, pilas, ¿no? jejeje, que no les pase…». Pero, insisto, no soy tan metiche, entonces me guardo mis palabras. Sí que aparecieron unas cuantas risas nerviosas y comentarios sobre esas obsesiones que tienden a merodear las relaciones jóvenes, pero yo cumplo con tocar mi violín y hacerme el muerto. No vaya a ser que después toquen mi puerta pidiéndome que les gaste mi deseo… Murmuré un cálido lugar común y desaparecí como Mickey Mouse.
Días después, con la misma pareja pero con otra adicional, armamos plan para ver Backrooms. Comprobé que la pareja seguía estable y sin rasgos de obsesión, pero no dije nada porque, insisto… Llegué firme con mi violín al cine. Lo demás es historia. Backrooms me envolvió. Cinco minutos de la película y mi corazón empezó a buscar la salida de emergencia, mis manos empezaron a sudar y me invadieron unas ganas extrañas de cerrar los ojos. Recordé lo que dice Susan Sontag: en el cine, la única libertad que tenemos es cerrar los ojos.
Backrooms logró desatar ese monstruo ciego que es la ansiedad y eso, así la gente amante del mindfulness y la espiritualidad online lo mire con recelo y dictamine que es mejor guardar la distancia o quizás analizar lo que ocasiona ese impacto en mí, yo lo veo como un gran logro. Es lo que me fascina. Es, creo, el poder del arte. Incomodar. ¡Qué película tan incómoda! ¡Qué película fascinante!
Ya pasó una semana desde que la vi y no puedo sacarme de la cabeza las representaciones de la memoria con los cuartos hundiéndose; las representaciones del olvido y sus rostros desfigurados. Esas caras roídas por el olvido… Creo que los Backrooms, al menos en la película, son —o pueden ser, porque, al final, qué importa lo que diga yo— la mejor representación visual que tenemos de la teoría jungiana del inconsciente colectivo. Me fascina, además, que esta representación sea aterradora. No podría ser de otra forma.
El concepto del inconsciente colectivo se vende como pan caliente por lo atractivo, lo melódico, lo abierto, pero Jung —y sus pacientes— se metió varios sustos para llegar a esa construcción. Imaginen un lugar hecho a punta de recuerdos, sueños y pensamientos de toda la humanidad. ¿Cuántos monstruos, cuántos fantasmas, cuántos muertos, cuántas sorpresas no se encontrarán allá? Un lugar hecho de olvidos…
Sobra decir que la actuación de todo el elenco es precisa. ¿Cómo no enamorarse otra vez de Renate Reinsve? También es deleitable la cinematografía. Qué delicia de contrastes. Imágenes de esquinas de edificios con el cielo azul como una suerte de compensación al ambiente ansioso. Nos entregan esos espacios como respiros para después volvernos a sumergir al fondo de la laguna y malviajarnos sin drogarnos.
El director de Obsession, Barker, tiene 26 años. El director de Backrooms, Parsons, tiene 20 años. ¿Podrán sobrevivir a la pelea con el diablo de la fama que tan temprano se les viene encima? ¿Vencerán la trampa de los influencers (paparazzis posmodernos) y seguirán dándonos películas con espíritu? ¿Se volcará Hollywood y la industria del cine a una cacería de veinteañeros?… (¿ojalá?) Está por verse… Pero no diré nada porque, insisto, no soy tan metiche.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/martin-posada/