Ascoltami quando sto zitto

Las palabras son limitadas. No se puede con ellas representarlo todo: la vida, la muerte, el amor, el dolor, una abeja que cruza por medio de una flor. Lo advirtió el filósofo austríaco Ludwig Wittgenstein: “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. El horizonte de la realidad llega hasta donde alcanzan las palabras. Y, sin embargo, hemos pretendido domesticarlo todo en una palabra de cinco letras —mundo— o, en el mejor de los casos, en la noción abarcadora de universo, como si nombrar fuera poseer. Nos cuesta aceptar que haya existencia más allá del enunciado, que no todo lo real se deja capturar por la sintaxis.

Pero cuando el ruido se impone sobre el silencio, la palabra pierde su vocación de puente y se convierte en arma. No se malentienda: las palabras son la prueba más luminosa de nuestra capacidad de prosperar. Una palabra dulce puede aliviar un día oscuro; una palabra firme puede establecer límites y defender derechos. El problema comienza cuando se instrumentalizan, cuando su contenido deja de reivindicar para dedicarse a exterminar. Entonces la palabra no construye ciudadanía: la fragmenta.

La escritura ha sido nuestro acto más audaz de resistencia frente al olvido. Como afirmaba el científico Carl Sagan, la palabra escrita es una forma de magia: rompe las barreras del tiempo y nos permite escuchar a quienes murieron hace siglos. El escritor checo Bohumil Hrabal lo retrató con belleza en Una soledad demasiado ruidosa, donde las palabras impresas tienen la mística de revivir a los muertos y otorgar sentido a los vivos. Sin embargo, cuando los decibeles suben y la retórica se convierte en espectáculo, esa mística se evapora. Los tiranos de la palabra exigen ser escuchados —por las buenas o por las malas— y celebran la victoria del grito. Incluso en voz baja pueden imponer el mismo límite: que el mundo sea solo lo que ellos dicen o escriben.

Frente a esa imposición, el silencio, cuando es libre ensancha el universo. No es ausencia: es profundidad. No es vacío: es espacio fértil. Son pocos los lugares donde se conserva su nobleza. El silencio se aprende por imitación. Si en el hogar predominan los gritos y los televisores encendidos, el silencio se vuelve extraño, incluso angustiante. Lo mismo ocurre en la esfera pública: si dirigentes y políticos sostienen discursos violentos, con o sin estridencias, el mensaje es inequívoco: el aniquilamiento del otro como método.

Para Platón, el silencio era condición de sabiduría, introspección y búsqueda de la verdad. La prudencia al hablar no era debilidad, sino fuerza moral. El viejo aforismo del Templo de Apolo en Delfos —conócete a ti mismo— exigía una pausa antes de la palabra. Hoy, en cambio, la prudencia suele confundirse con complacencia. Nada más equivocado. Quien habita el silencio no renuncia a la palabra; la honra. Sabe que decir es un acto de responsabilidad. Callar por obligación, en contraste, es el desarraigo de la voluntad.

Se dice que quienes hablan poco no son interesantes ni inteligentes. Tal vez incomoden porque evitan la mala fe descrita por Sartre y apelan a la compasión y la contemplación que proponía Schopenhauer para entender la existencia. Son vistos como rarezas en una cultura que premia la inmediatez del comentario y la contundencia del titular.

Hace algún tiempo, en Verona, encontré un libro infantil titulado Ascoltami quando sto zitto —Escúchame cuando esté en silencio—. Su sencillez y profundidad poética me recordó que la escucha es un acto esencialmente transformador, una forma de concederle al otro un lugar sin interrumpirlo con nuestras propias certezas. En el silencio podemos ordenar los pensamientos y dialogar con la memoria de quienes ya no están. Pienso ahora en mi padre, fallecido hace poco. Atesoraba los silencios y las palabras exactas. Nunca pretendía justificar sus ideas ni convencernos de su verdad; le bastaba con expresar cuánto amaba a su familia. Su lección no estuvo en el volumen de su voz, sino en la precisión de su afecto, en esa manera serena de decir solo lo necesario y dejar que el amor hiciera el resto.

Si los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo, ampliarlo exige aprender a escuchar. No se trata de oponer silencio y palabra, sino de armonizarlos. La democracia no se fortalece con el estruendo, sino con la capacidad de decir lo necesario y callar lo superfluo. La paz no nace del grito que humilla, sino de la palabra que reconoce.

Quizá el verdadero acto político de nuestro tiempo no sea hablar más fuerte, sino escuchar mejor. En esa justa medida —entre lo que se dice y lo que se calla— puede empezar una sociedad donde todos quepamos.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-carlos-ramirez/

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