Las personas suelen agradecer el hecho de tener trabajo. En un país que lucha año tras año por no tener un desempleo de dos dígitos, estar empleado es una fortuna. Tener cómo procurarse los bienes necesarios para una vida más o menos plena es una suerte.
Hace unos días me monté a un ascensor en el que ya estaba otra persona. Lo saludé y empecé a pensar las siguientes dos o tres frases insustanciales que diría para sortear el viaje de 13 pisos, y a buscar en el bolsillo la barrera contra la socialización que llamamos celular. Él me tiró el habitual “¿mucho trabajo?” Yo le respondí honrando el principio de rendimiento “Sí, muchísimo”. Hubo un silencio de dos segundos y él sentenció: “gracias a Dios hay algo que hacer”.
Más allá del natural agradecimiento por tener un sueldo que permita la existencia, esa frase es la constatación popular de la sociedad del rendimiento. En el mundo en el que vivimos las subjetividades están determinadas por la contribución directa al sistema. Una persona sólo es en tanto produce. Quien no hace, quien no labora, no es. No hay posibilidad de enunciación por fuera del trabajo. Nos describimos solo en función a la labor que cumplimos y nuestro valor está dado por el tamaño de la contribución, no por el hecho mismo de ser, por ejemplo, seres humanos.
La reinterpretación que hace Byung-Chul Han del concepto de Hannah Arendt sobre el animal laborans nos puede servir para entender la centralidad del trabajo en esta modernidad tardía que experimentamos. Han asegura que la condición humana contemporánea se caracteriza por incorporar la explotación para el trabajo en el inconsciente individual. Ya no necesitamos grandes estructuras de control para el sometimiento y la productividad. Hoy nos autoexplotamos y pensamos que eso es práctica emancipadora. Aceptamos libremente que la única forma de existencia es la productiva.
“Siquiera hay algo que hacer” es una afirmación que no sólo está agradeciendo el hecho de tener trabajo, está aceptando también que por fuera de la labor productiva no hay vida. Cuando no se está trabajando, no hay posibilidad de existencia en un mundo caracterizado por el rendimiento. Si no laboro, si no me someto a la productividad, no existo como ser humano. El pensamiento, la contemplación, el descanso, la belleza y demás formas de enunciación distintas a la labor productiva, están por fuera de la subjetividad del individuo contemporáneo.
Una sociedad que naturaliza la autoexplotación, que acepta las premisas del trabajo como único principio de la existencia, es más propensa a aceptar políticas que reducen el tiempo ocioso, el espacio de realización personal. Este pensamiento sobre una anécdota de ascensor ocurre la semana en que los derechos de los trabajadores para tener una vida más allá de la jornada laboral, están siendo de nuevo amenazados. En Argentina el gobierno de Javier Milei aprobó una reforma que precariza a los empleados y disminuye su poder de negociación para tener condiciones de vida más o menos dignas.
Hay mucha vida después del trabajo, pese a que la sociedad en la que vivimos nos diga lo contrario. Incluso, la vida comienza cuando cesa el trabajo, cuando no estamos vendiendo nuestro tiempo en el mercado laboral. Ya lo dijo Severino Di Giovanni “más trabajamos, menos podemos gustar de la vida, sus bellezas, las satisfacciones que nos puede ofrecer; menos disfrutamos de las alegrías, los placeres, el amor”.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-pablo-trujillo/