Abelardo De La Espriella es el presidente electo para el periodo 2026-2030 y llega a la Casa de Nariño con el margen de victoria más estrecho frente a su contendor en la historia reciente de Colombia. Es el legítimo ganador porque triunfó por las vías democráticas, hizo una apuesta política audaz que terminó dándole resultado y eso debe reconocerse. Su campaña fue, por mucho, la mejor estructurada y la que interpretó con mayor precisión el momento que vive el país.
¿Significa eso que era la mejor opción? Evidentemente no. Para muchos colombianos, incluso, representaba la peor alternativa. Pero esa valoración pertenece al terreno de las convicciones personales. Más allá de cualquier interpretación, la campaña terminó y las urnas hablaron. Su victoria fue ajustada, sí, pero también incuestionable en términos democráticos y en el resultado absoluto de la votación.
Durante meses, De La Espriella construyó una candidatura alrededor de una idea sencilla pero poderosa: Colombia estaba cansada. Cansada de la inseguridad, de la incertidumbre económica, de la polarización y de un gobierno que parecía más interesado en mantener viva la confrontación política que en resolver los problemas cotidianos de la gente. Supo leer ese malestar y convertirlo en una mayoría electoral. Ahora tendrá que demostrar que también sabe convertirlo en resultados.
Porque una cosa es diagnosticar los problemas y otra muy distinta solucionarlos. Una cosa es señalar las fallas del gobierno saliente y otra asumir la responsabilidad de gobernar. La oposición siempre tiene respuestas simples; el gobierno descubre rápidamente que las preguntas eran mucho más complejas de lo que parecían.
Y es precisamente ahí donde comienza el verdadero examen de su presidencia. Los 12,9 millones de colombianos que votaron por De La Espriella le entregaron la Presidencia, pero no le entregaron un cheque en blanco. Mucho menos en una elección tan cerrada de 250.000 votos de diferente. La estrechez del resultado debería ser leída como una victoria legítima, pero también como una advertencia política. Casi la mitad del país rechazó su propuesta.
En ese sentido, Gustavo Petro deja una lección que el próximo presidente haría bien en estudiar. Durante cuatro años, una parte importante de los colombianos sintió que el Gobierno distinguía entre ciudadanos afines y ciudadanos incómodos. La consecuencia fue un país cada vez más polarizado y una administración que terminó encontrando resistencia incluso en sectores que inicialmente le dieron el beneficio de la duda. Gobernar para los propios puede servir para ganar aplausos. Gobernar para todos es lo único que sirve para construir legitimidad duradera.
Por eso, si De La Espriella va en serio, tendrá que abandonar rápidamente varias de las comodidades de la campaña. Tendrá que entender que gobernar no consiste en tener siempre la razón, ni en librar batallas diarias contra contradictores reales o imaginarios. Tendrá que demostrar que detrás del personaje y del discurso existe un plan; y que detrás de las promesas existe la capacidad de ejecutarlas.
La campaña terminó. Es momento de menos espectáculo y más gobierno; menos retórica y más resultados; menos personalismo y más institucionalidad. Porque la verdadera grandeza de un líder no se mide por su capacidad para ganar elecciones, sino por su capacidad para gobernar, gestionar y transformar realidades. El discurso de campaña lo aguanta todo. Gobernar, en cambio, no admite excusas.