Hace dos años en la ciudad de Santa Marta me robaron el celular en una zona turística. Las personas que estaban adelante de mí eran, claramente, el objetivo: turistas extranjeros, celulares de alta gama, chancleta y gafas de sol. Sin embargo, no permitieron que los hombres armados los despojaran de sus pertenencias. Estaban decididos a perder la vida por sus objetos. Yo estaba atrás, con una mochila gastada que me había regalado un estudiante de la Guajira, agua reempacada del hotel y un celular al que a duras penas le entraban las llamadas. Por donde uno lo viera, no era un objetivo para robar. No había qué.
Pero había que robarle a alguien y, ante la frustración de los delincuentes, me encañonaron y como premio de consolación se llevaron la mochila con el celular. Me dio rabia, pero rápidamente pasé la página. Puse la denuncia y regresé a Medellín.
Dos años después de aquel suceso, me llamaron al número que dejé en la denuncia en la estación de policía para informarme que habían encontrado mi celular. Tuve esa sensación de bueno, mejor tarde que nunca. Me pidieron que verificara unos datos: nombre, fecha y lugar del hurto, hasta ahí, no sospeché nada. Posteriormente, me preguntaron sobre mi cédula, si el celular tenía la opción de pago con contacto y que necesitaban verificar que si, en efecto, el móvil encontrado era mío. Insólito el asunto. Entonces, decidí evitar las respuestas, hasta que la persona al otro lado de la llamada exclamó:
—Nombe, este celular no es suyo. Pero ajá, si quieres reclamarlo, ven por él a Santa Marta, nos das 100 barritas y se lo lleva.
Les contesté que no, que no me interesaba y que me costaba más el viaje que el celular. Terminamos la llamada con una especie de acuerdo tácito: ellos se quedaban con un celular que no era mío y yo con la tranquilidad de no viajar hasta Santa Marta a reclamarlo.
Colgué la llamada entre una risa burlona y una sensación de indignación por este hecho inverosímil, y seguí con mi día.
Tiempo después recibí otra llamada. Esta vez, de un hombre llorando.
—Primo, me secuestraron. Me van a matar si no consignas dos millones a una cuenta.
Tuve que terminar la llamada en ese momento, pero esperé un segundo más en silencio. Al fondo, escuché al mismo hombre de la llamada anterior diciendo: nombe, ese es el del celular que le robaron, cuelgue Maestre, cuelgue. Colgaron.
Cómo no sorprenderse ante semejante situación, que lejos de provocarme risa, me hizo pensar que los dos hombres que aquella vez me robaron apelaron a técnicas antiquísimas y despreciables, pero en silencio. Estos dos ampones, utilizan un arma más sofisticada, la palabra, disparan historias hasta que hieren de muerte a su víctima y la estafan. La palabra también es un arma.
¡Con qué facilidad le aparece familia a uno! En este caso, fue un primo secuestrado que necesitaba exactamente dos millones de pesos y que, casualmente, tenía alguna relación con el celular que acababan de intentar devolverme.
La extorsión también parece haber entrado en la economía circular: roban un celular, consiguen un número, inventan un secuestro y, si uno se descuida, terminan consiguiéndole familia.
Los últimos días he recibido llamadas desconocidas que según mi identificador telefónico se presentan bajo los rótulos: “desde la cárcel” y “llaman para robar” ¡Vaya cosa! No obstante, estoy decidido a contestar de ahora en adelante todas las veces que suene mi celular, con la esperanza de que me contacten para darme información de mi mochila, porque esta sí me dolió que se la llevaran.
Así que, si en algún momento los llaman, se hacen pasar por mí y les piden que consignen plata, no envíen nada, porque cuando soy yo, me gusta ir personalmente por ella. Además, tengo un pésimo acento costeño. Erda de estafa.
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