Abelardo y Petro; el tigre y el jaguar, presidentes felinos, tienen un parecido tan grande para desgracia de cada uno y de Colombia, que llegará el momento en el que un narrador desprevenido se verá contando entre 2022 y 2030 la misma historia, con anécdotas tan repetidas, que será difícil distinguir quién es el protagonista.
Son dos espejos que se miran y reproducen mutuamente sus imágenes hasta el infinito; dos gotas de bótox puestas una al lado de la otra. Indistinguibles. Lo que más los asemeja es el miedo a lo diferente. El miedo a la contradicción.
No por otra cosa, como hizo Petro, el tigre va poniendo por encima el lameculismo sobre el mérito; la alineación ideológica sobre la preparación; el fanatismo sobre la competencia. Y así, de a poquitos, se va armando un séquito en vez de un equipo de trabajo. Tal vez el tigre aprendió del jaguar que no había que nombrar gente capaz desde el principio y, para prevenir contradicciones como le pasó a Petro con su primer gabinete, o desvíos wokistas, anda nombrando y desnombrando, o mandando desnombrar gente a su capricho.
Al Director del Departamento Nacional de Planeación, lo sacó antes de entrar por gay y por haber participado en la redacción de los planes de desarrollo de los últimos tres gobiernos. Sí que estaba preparado Carlos Sepúlveda para uno de los cargos más técnicos y estratégicos del gobierno. Venimos de Alexander López, que tenía dificultades para las matemáticas y vamos a pasar a Julián Buitrago, con grandes méritos como tuitero, en la cruzada por atacar medios de comunicación que cuestionan a De la Espriella. Y como secretario de Movilidad de una ciudad pequeña como Pereira.
A la directora de Medicamentos del Ministerio de Salud, Hanna Escobar, la despidió con dos días en el cargo. Se supo después que había votado en primera vuelta por Paloma y que alguna vez compartió por Twitter los protocolos de salud para la interrupción del embarazo. “Abortera”, la llamaron las tribus fanáticas de las redes sociales.
A Carolina Soto, Directora de la Cámara Colombiana de Infraestructura, la hizo sacar también. Tiene el pecado de ser la esposa de Alejandro Gaviria, ministro de Petro durante cinco minutos. Como el expresidente jaguar, el tigre también mete las garras en los gremios.
Igualitos. El uno, creyéndose caudillo revolucionario, sacaba a la Plaza la espada de Bolívar, acompañado de todos sus amigos del M-19, metidos en el gobierno. El otro, creyéndose cura, saca a la Plaza de Bolívar la corona de la virgen de Fátima y ha nombrado a sus socios y empleados de De la Espriella Lawyers, junto a clérigos y pastores en su grupo primario. Como el otro, atornilla en los cargos a los funcionarios, sin importar lo mal que hagan quedar el gobierno.
A estos gatos vanidosos los une el desprecio por los ciudadanos en la democracia, pensantes y deliberantes por definición: detrás de sus interpretaciones estelares, hay un delirio de grandeza, cada uno sintiéndose al comando de una masa desvalida. La infantilización, está estudiado, es una forma de maltrato, de negación del otro. El jaguar era el elegido para liberarnos de la opresión del establecimiento. El tigre, por su parte, fue ungido para la salvación y conversión de un rebaño desorientado y retorcido a causa la homosexualidad y el libertinaje.
La mala noticia para los siameses, es que todo desvarío acaba en desencanto.
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