El ladrón de bicicletas

Salgo en la bici. Este es un pueblo en el que se puede montar en bici. Voy a despedirme de Rommel. Este es un pueblo de estudiantes en el que cada año le estamos diciendo adiós a alguien. Rommel es el último amigo que se va de los primeros amigos que hice cuando llegué a este pueblo, hace tres años. No a todos les he dicho hasta luego: algunos se han esfumado como espectros descoloridos. Pero a Rommel le voy a decir adiós esta tarde, con la promesa de vernos pronto, allá o acá, porque es lejos y no tanto: nueve horas en carro.

Conversamos de lo que siempre conversamos: de la escritura, de los libros, del cuerpo. De cómo está. De cómo estoy. No era que nos viéramos mucho porque Rommel no salía tanto, porque yo no salgo tanto. A veces, sobre todo en el último año en que de los viejos quedábamos solo él y yo, nos insistíamos: vamos a esto. Casi siempre él se aburría primero y decía que se iba a ir, y yo lo seguía. Lo llamo Romm y es uno de los amigos escritores más talentosos que tengo. Estos días que ya se fue, a veces lo veo en el gimnasio, y cuando voy a ir corriendo a saludarlo, no es.

Pero esta tarde nos despedimos en el Bread Garden. Decir adiós no necesita que uno diga adiós, a veces simplemente es como un café normal, como si nos fuéramos a ver la semana siguiente, al otro día, en clase. Por eso salimos de ahí, te acompaño por la bici, dice, y caminamos media cuadra hasta la bici, que está caída.

Tan raro, pero ahí está la rareza: se le robaron la llanta de adelante.

Cuando llegas a este lugar lo primero que te dicen es: esta ciudad es muy segura, puedes caminar de noche, no roban nada, excepto bicicletas. Es extraño: uno está en la biblioteca o en un café y puede dejar el computador, la billetera, el bolso, ir al baño, y ahí está todo de vuelta, exactamente donde lo dejaste, ni un milímetro de movimiento. Pero con las bicicletas no hay que confiarse: uno rueda con su candado, o no rueda.

Mientras miro la bicicleta, un muchacho me dice: Yo vi al ladrón, salió corriendo hacia allá. Hace una pausa. Supongo que espera que salga corriendo detrás del ladrón. Me imagino corriendo detrás del ladrón, gritándole, mi llanta, esa es mi llanta, devuélvame mi llanta. En Colombia no saldría corriendo detrás de un ladrón, nunca. Aquí tampoco: no sé cómo son los ladrones de bicicletas. Miro al muchacho y le doy las gracias, pero pienso: hubiera sido mejor que gritaras cuando se estaba robando la llanta. Solo sonrío.

Romm dice que pida un Uber y vaya a reemplazar la llanta. Yo le digo que prefiero caminar con la bicicleta sin llanta, transitar la tristeza, pensar.

Hace quince años, el 28 de marzo de 2010, me robaron el primer carro que tuve. Dos hombres, dos armas. Todavía recuerdo el chirrido de las llantas y el carro perdiéndose para siempre en la esquina. Cuando manejo en Medellín, a veces todavía, tengo miedo. Los ladrones se roban más cosas que lo obvio: la tranquilidad, la confianza, la alegría.

Camino con la bicicleta sin llanta por treinta minutos. Hace calor, la humedad me hace sudar. Camino hacia donde el muchacho me dijo que se fue el ladrón. No quiero encontrármelo, pero me gustaría que me viera, a la distancia, con esta tristeza.

Por qué tengo tanta tristeza si solo es una llanta.

Me despedí de Romm con un abrazo, con la promesa del futuro.

Tal vez la tristeza es por Romm.

O es justamente eso lo que robó el ladrón: un momento en el tiempo.

Ha distorsionado el adiós

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/monica-quintero/

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