Desde que se posesionó el gobierno de Abelardo de la Espriella, he notado que la discusión pública está especialmente crispada y que, cada vez más, el país parece polarizarse. Sin embargo, he encontrado un fenómeno particularmente curioso en los debates que se dan en torno a las coyunturas políticas por las que hoy atraviesa Colombia: el fenómeno del “pero tú más”.
Permítanme explicarme. Sea en redes sociales, chats de WhatsApp, discusiones en persona, foros o incluso en corporaciones públicas como concejos, asambleas y el mismo Congreso, se repite un patrón curioso. Entre quienes apoyan al gobierno actual, de manera casi indefectible, alguno de los participantes terminará haciendo referencia al gobierno Petro y le dirá a su contraparte: “Ah, pero esto no fuiste capaz de señalarlo durante el gobierno Petro”. Del otro lado tampoco faltará quien responda: “Si el gobierno anterior hubiera hecho eso, ustedes lo habrían criticado”. Y así, la discusión termina convertida en un reparto inoficioso de culpas, como si los participantes se lanzaran de un lado a otro una papa caliente que ninguno quiere sostener.
El problema no está en señalar los errores y las contradicciones del otro. Es más, yo mismo, en muchas de estas columnas, he utilizado esta estrategia discursiva para señalar las incoherencias de quienes no comparten mis posiciones. Creo, entonces, que el problema aparece cuando reducimos la discusión pública a un intercambio de culpas, como quienes juegan una interminable partida de ping-pong.
Porque, cuando miramos más allá de la superficie del discurso, encontramos que en ningún momento estamos analizando, entendiendo o debatiendo los problemas estructurales del país, ni mucho menos la manera en que una u otra corriente política pretende solucionarlos. Estamos, simplemente, cayendo en el círculo mediocre de echar culpas mientras intentamos lavar las propias.
La altura del debate solo se alcanza cuando somos capaces de abandonar por un momento la camiseta política y aceptar algo que, aunque evidente, parece costarnos demasiado: una mala decisión no se vuelve buena porque antes la haya tomado alguien a quien apoyamos, ni una buena decisión se vuelve mala porque provenga de alguien a quien nos oponemos.
La coherencia política exige algo bastante más difícil que encontrar las contradicciones del adversario,reconocer que los problemas del país no desaparecen porque antes los haya enfrentado mal otro gobierno. Exige superar el reparto de culpas y concentrar la discusión en lo verdaderamente importante, qué está ocurriendo, cuáles son sus causas y qué soluciones pueden proponerse.
Mientras cada discusión sobre el presente termine inevitablemente convertida en un juicio sobre quién fue peor en el pasado, seguiremos hablando mucho de política, pero debatiendo muy poco sobre ella. Los debates pueden ser duros, mordaces e incluso incómodos; lo que no deberían ser es estériles. La crítica tiene sentido cuando ayuda a examinar una decisión, revelar sus consecuencias y abrir paso a una alternativa mejor, no cuando se limita a demostrar que el adversario también se equivocó.
Quizás sea momento de dejar de preguntarnos “¿pero ellos qué hicieron?” y empezar a discutir qué debe hacerse ahora. No se trata de renunciar a señalar responsabilidades ni de suavizar las diferencias, sino de elevar el debate, pasar de la competencia por repartir culpas a la confrontación seria de ideas, propuestas y soluciones.
Porque, al final, el “pero tú más” podrá servir para ganar una discusión en WhatsApp o conseguir unos cuantos aplausos en redes sociales. Lo que difícilmente hará será ayudarnos a entender los problemas del país, mucho menos a resolverlos.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/nicolas-calle/