Con N de Niña

Lo que no se nombra no existe. Así siempre ha sido. Se lo enseñaron a las mujeres antes que a nadie; nos tocó pelear cada sustantivo. Cada “presidenta”, cada “jueza”, cada espacio en un texto legal que dijera, explícitamente, que también estábamos ahí. ¿Cuántas, como yo, pensaron que no podían ser presidentas porque la palabra estaba “mal dicha”?

Cuando la nueva directora del ICBF, María Carolina Restrepo Cañavera, ordena a su entidad dejar de decir “niña” y hablar solo de “niños y adolescentes”, no estoy viendo un exabrupto aislado ni un descuido de comunicaciones. Es deliberado, instrucciones de manual: si quieres que un problema deje de importar, deja de nombrarlo. Es de los mismos pensadores del: para que algo ilegal se vuelva legal, solo basta con quitar la i. Ahí sí que nos indignamos en Antioquia, cuando la manipulación ridícula del lenguaje vino de parte de Petro.

Restrepo Cañavera hizo también borrar de las oficinas del ICBF un mural donde se leía “aquí estuvo Resistencia Chiquita”. Dijo que mensajes como “lucha” y “resistencia” instrumentalizaban políticamente a la niñez. Tildó de miserables a quienes lo permitieron y preguntó, indignada, qué iba a saber un niño de sexo. Mucho, de hecho. ¿Ha visto usted las redes sociales a las que las personas acceden cada vez más temprano? ¿O páginas de pornografía accesibles con un par de clics?

Resulta que Resistencia Chiquita, además, es un colectivo artístico de niñas del Verjón, en Bogotá, que nació después de que Yuliana Samboní fuera violada y asesinada en 2016 por Rafael Uribe Noguera. Nómbrela, directora: la niña Yuliana Samboní. ¿O tan rápido se le olvidó?  

Directora, la niñez también es política, lo quiera o no. Entre enero y abril de este año, Medicina Legal practicó 4.800 exámenes medicolegales por presunto abuso contra menores de edad en Colombia, un ritmo que, de mantenerse bajo su liderazgo institucional, cerraría 2026 en casi 15.000 casos.

De esas víctimas, siete de cada diez son niñas. La misma razón por la que la Ley 1098 exige perspectiva de género, y la razón por la que borrar la palabra “niña” de un comunicado institucional no es limpieza de lenguaje. Usted, lo que quiere, es borrar de un plumazo administrativo a la población que su propia entidad reconoce que necesita más protección, no menos nombre. ¿O estoy equivocada?

Salió después a decir que su misión era “la protección integral de la niñez, la adolescencia y las familias” y que cuando hablaban de niñez hablaban de “todos los niños y todas las niñas.” Excelente, me parece. Usted también sabe perfectamente que existe una diferencia entre nombrar y no nombrar.

Me parece insuficiente, querida lectora, querido lector, interpretar esto como un tropiezo comunicacional de una funcionaria con poco empalme. Y, de hecho, con poca experiencia liderando temas de infancia y juventud, siendo fundadora y socia de una firma de abogados que lidera procesos de inversión extranjera y defensa patrimonial. (Directora, ¿por qué el archivo de su hoja de vida en la página web del ICBF arroja un PDF en blanco?)

Restrepo llegó al ICBF como parte de la transformación profunda que prometió Abelardo de la Espriella hace apenas unas semanas, la misma bandera de batalla cultural con la que su gobierno viene desmontando, decreto por decreto, derechos que a las mujeres de este país nos costó generaciones ganarnos. No hace falta que lo diga con esas palabras. Basta, de hecho, con ver qué es lo primero que decide borrar. Y que quede claro que es un mural hecho por niñas sobrevivientes del feminicidio infantil más escalofriante de los últimos años.

Y que quede además claro aquí, en este portal, que no las vamos a dejar borrar. La palabra tiene un poder inconmensurable, ya lo sabe usted que lee No apto. Cada niña que Restrepo Cañavera tache de un comunicado, la vamos a escribir dos veces y en lugares mucho más duraderos que un cargo público.

Yuliana Samboní. Sofía Delgado. Las niñas de Resistencia Chiquita. Las siete de cada diez que hoy pasan por Medicina Legal. Las niñas Wayuu que se mueren de hambre en la Guajira mientras el Estado sigue sin cumplir una sentencia de hace nueve años. Las niñas que grupos armados siguen reclutando en el Cauca, casi la mitad de ellas indígenas. Las de 10 a 14 años, la edad exacta en la que más violan en este país. Y todas las que faltan.

Yuliana Samboní. Sofía Delgado. Las niñas de Resistencia Chiquita. Las siete de cada diez que hoy pasan por Medicina Legal. Las niñas Wayuu que se mueren de hambre en la Guajira mientras el Estado sigue sin cumplir una sentencia de hace nueve años. Las niñas que grupos armados siguen reclutando en el Cauca, casi la mitad de ellas indígenas. Las de 10 a 14 años, la edad exacta en la que más violan en este país. Y todas las que faltan. 

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/salome-beyer/

Califica esta columna

Compartir

Te podría interesar