Y soy una niña

Yo soy una niña.

Es irónico ver cómo no nos dejan vivir ninguna etapa.

Cuando somos niñas, nos apresuran. Nos enseñan a comportarnos como mujeres antes de tiempo, a cuidarnos de los hombres, a no salir solas, a no hablar con desconocidos, a sentarnos bien, a vestirnos “adecuadamente”. Aprendemos demasiado pronto que nuestro cuerpo puede convertirse en un problema para otros y que, de alguna manera, también somos responsables de lo que hagan con él.

Y cuando finalmente somos mujeres, entonces nos dicen “niñas” para hacernos pequeñas.

Cuando somos profesionales, “niñas”. Cuando ocupamos espacios de poder, “niñas”. Cuando hablamos fuerte, “niñas”. Cuando exigimos respeto, “niñas”. Una palabra que muchas veces funciona como diminutivo, como una forma aparentemente inocente de recordarnos que no deberíamos ocupar tanto espacio, hablar tan fuerte o incomodar demasiado.

Porque no es lo mismo llamar niña a una niña que llamar “niña” a una mujer adulta para invalidarla. No es lo mismo reconocer una etapa de la vida que utilizar una palabra para disminuir a alguien. Y quizás ahí está una de las contradicciones más absurdas de crecer siendo mujer: cuando somos pequeñas nos apresuran a madurar, pero cuando finalmente llegamos a espacios donde podemos decidir, opinar y ocupar poder, aparecen las formas de recordarnos que seguimos siendo “niñas”. Somos demasiado jóvenes para saber, demasiado emocionales para decidir, demasiado sensibles para liderar, demasiado intensas para reclamar. Y así, una palabra que en un contexto debería simplemente describir una edad termina convirtiéndose en una herramienta para hacernos sentir menos capaces, menos serias y menos merecedoras de ocupar el espacio que estamos ocupando.

Pero hay una diferencia enorme entre utilizar “niña” para infantilizar a una mujer adulta y utilizar la palabra niña para nombrar a una niña.

Y justamente eso es lo que hoy parece incomodar.

El Instituto Colombiano de Bienestar Familiar decidió retirar de su lenguaje institucional el uso de la palabra “niña” y priorizar el término “niñez”, bajo el argumento de que este último incluye a todos. Y sí, claro que la niñez incluye a todos. Nadie está diciendo lo contrario.

El problema es que incluir no siempre significa visibilizar.

Porque las niñas existen. Y no enfrentan exactamente las mismas violencias que los niños.

El propio ICBF ha reportado que, entre 2019 y 2025, 97.494 niñas y adolescentes mujeres ingresaron a procesos de restablecimiento de derechos por violencia sexual, lo que representa el 85,7 % de los ingresos por esta forma de violencia. Es decir, estamos hablando de miles de niñas y adolescentes que han sido víctimas de una violencia que no podemos entender completamente si decidimos borrar de nuestro lenguaje la categoría que permite reconocerlas.

Y hay un dato todavía más brutal: el 67,2 % de las violencias sexuales contra niñas y adolescentes ocurre dentro de la vivienda, ese lugar que debería ser seguro. Otro 8,9 % ocurre en establecimientos educativos.

Entonces no, no estamos hablando de una discusión semántica.

Estamos hablando de qué sucede cuando dejamos de nombrar a quienes están siendo violentadas de una manera particular.

Porque cuando una niña es víctima de violencia sexual, no basta con decir que es parte de “la niñez”. Necesitamos saber que es una niña. Necesitamos entender qué factores de género atraviesan esa violencia. Necesitamos saber quiénes son las principales víctimas, dónde ocurre, quiénes las agreden y qué condiciones hacen posible que esa violencia se repita.

Las cifras tienen sexo. Las violencias también.

Por eso resulta, como mínimo, extraño que una institución encargada precisamente de proteger a la infancia decida que una palabra que permite identificar una realidad específica es prescindible.

No nombrarlas no elimina la violencia. No nombrarlas no hace que desaparezcan las diferencias. No nombrarlas no hace que los derechos de niños y niñas sean más iguales. Solo hace más difícil mirar de frente aquello que ocurre.

Y hay algo todavía más preocupante: vivimos en un país donde las niñas atraviesan violencias sexuales, físicas, psicológicas, trata, explotación sexual comercial y violencia feminicida. Niñas que viven realidades completamente distintas dependiendo de su territorio, su situación económica, su origen y las condiciones de sus hogares. Niñas cuyo desarrollo apenas comienza y que ya están cargando violencias que nunca debieron conocer.

A ellas no les sirve que discutamos durante horas si “niñez” es un término suficientemente incluyente.

A ellas les sirve que las veamos. Que las nombremos. Que las protejamos.

Porque una palabra puede parecer pequeña cuando se escribe en un documento institucional. Pero detrás de esa palabra hay millones de personas.

Y yo sí quiero seguir diciendo niña. No para hacerlas pequeñas. Todo lo contrario.

Para recordar que alguna vez fueron niñas quienes tuvieron que aprender demasiado pronto a defenderse de un mundo que debía protegerlas.

Y si para alguien nombrarlas es ideología, quizá el problema no está en la palabra.

Quizá el problema está en todo lo que esa palabra nos obliga a mirar.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/tania-torres/

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