10 de agosto, terremoto de 7.4, 331 muertos, más de 188.000 familias afectadas. Duelo nacional. Donaciones. Reconstrucción.
19 de agosto, un hombre expresa sus pecados ante una cámara, el otro hombre lo alienta. Los hombres sí lloran. Una familia afectada. Lanzamiento de un disco. Likes. Billete.
Del podcast en el que los hombres sí lloran ya había hablado en otra columna y ahora lo reitero: está en el filo entre una buena idea, regularmente ejecutada, y la indecencia de monetizar con el dolor ajeno. Y sí, celebro que los hombres se expresen y lloren, pero con eso, señores, no es suficiente.
La salud mental no es una muletilla para acomodar ahí cuanta barbaridad se hace. La “sanación” no es tan limpia, ni tan rápida, como una iluminación divina; y la confesión pública no es necesariamente reparadora ni cumple una función social, aunque se presente como el culmen de la vulnerabilidad masculina.
El formato del podcast está diseñado más por un actor o director, que por un terapeuta. El material dramático confunde porque nombrar el abuso no es equivalente a hacerse cargo de él. No hay cuestionamiento profundo, solo el eco de la palmadita en el hombro con la que se amplifica la miseria humana.
Este episodio, además de ser absolutamente inoportuno, deja al cantante de música popular casi que auto inculpándose de delitos y pecados. De los delitos, parece que no tuvo mayores consecuencias. Y con los pecados está haciendo algo que en el mundo del espectáculo conocen muy bien: usar a Dios como máquina de perfección. “Dios me salvó” suena más a “no tengo que asumir responsabilidades de mis actos”.
No son comparables los sufrimientos y cada quién asume sus tragedias como puede, faltaba más. Pero cuando una persona adquiere la connotación de personaje público, por lo menos, debería tener algo de decoro. Este no fue el caso.
El invitado anuncia que pronto saldrá su disco y termina por convertir su crisis personal en un producto de una industria de contenidos que no distingue entre calendario editorial y calendario nacional de duelo, porque su métrica de éxito es el engagement, no la pertinencia. El entrevistador sonríe.
La misma semana en que miles de personas no tenían ni siquiera certeza de si sus familiares seguían con vida, la otra noticia era una conversión empaquetada como contenido y vendido como testimonio de fe.
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