Lo que queda del pasado

El terremoto sepultó tras de sí muchas cosas: hogares, colegios, puestos de trabajo y vidas. Cada una de esas pérdidas deja un vacío en la vida de las personas, de quienes habitaron las ciudades, las recorrieron y las hicieron suyas con el paso de los años, mientras crecían sus cuerpos y se desarrollaban sus vidas.

Pero hay algo más allá de lo que perdieron las ciudades y sus habitantes: una parte de su memoria. En las catedrales, iglesias y parroquias que hoy yacen caídas se encuentra buena parte del legado de estos lugares: las semillas que dieron origen a los pueblos, el recuerdo de sus primeros pobladores y la historia de comunidades que, con el tiempo, construyeron y reivindicaron su propia identidad.

Las iglesias son, quizá, la expresión más visible del patrimonio de una ciudad. Representan su origen, su continuidad y sus tradiciones; son parte de la base cultural y moral sobre la que se construyeron generaciones enteras. Alrededor de ellas se desarrolló buena parte de la vida de los pueblos, y en sus muros permanece la memoria que trasciende se hace grande frente a los que hoy habitan.

Es muy difícil hablar de arquitectura cuando todavía hay vidas pasando necesidades. Resulta, incluso, absurdo preocuparse por el duelo del pasado mientras el calvario se vive en el presente. Es perentorio atender el hambre, la enfermedad y las necesidades inmediatas antes de detenerse a contemplar con tristeza las pérdidas del pasado.

Pero eso, aunque en medio de todo pueda parecer secundario, también debe ocupar un espacio —así sea pequeño— en la discusión. La Catedral de Buenaventura y la Basílica de Quimbaya serán demolidas. La Catedral de Manizales podría correr el mismo destino. Con ellas se irá una parte importante de la identidad, la cultura y la memoria de esas ciudades.

Y, en medio de todo, ¿qué más da? Si ya se fueron sus pobladores, si sus casas quedaron destruidas y sus puestos de trabajo desaparecieron, preocuparse por las paredes de una iglesia no parece lo urgente en este momento. Pero algún día, cuando pase la emergencia y las ciudades comiencen a reconstruirse, tendremos que preguntarnos qué queremos reconstruir y qué estamos dispuestos a dejar desaparecer para siempre.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-miguel-giraldo/

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