En la época de mi abuela no había ideología de género.
De hecho, casi no se hablaba de género.
Las niñas no conocían su cuerpo. No se podían decir los nombres de los órganos sexuales y mi mamá, a hoy, sigue diciendo “Dani, con esa camisa se te ven los cositos” cuando se refiere al pezón.
En esa época tampoco se hablaba de la menstruación, ni de los ciclos, ni de cómo nacían los bebés.
De hecho, mi abuela me contó que el día antes de su matrimonio, mi bisabuela la llevó donde un cura que le dijo que debía cumplir con la “obligación marital”, sin saber ella a qué se refería.
También me contaba que los hombres perdían la virginidad en burdeles, práctica que, creo, todavía es común, muchas veces incitada por sus propios amigos y familiares.
Me contó también que cuando salió la pastilla anticonceptiva, a pesar de que ella no quería tener más hijos, era pecado. Y que más de una vez los maridos, y por supuesto las esposas, contraían enfermedades de transmisión sexual porque no se usaban condones y ellos tenían una vida más libertina.
Ese era el mundo en el que crecieron ellas.
Y, de alguna manera, ese también era el mundo que heredamos.
Mis papás son muy devotos y por eso estudié en un colegio católico. Ellos creían que allí, además de la educación académica, recibiríamos también formación en valores y, supongo, algo de educación sexual. En la práctica, básicamente nos explicaron el sexto mandamiento: “no tendrás pensamientos ni deseos impuros”. También nos dijeron que había que llegar vírgenes al matrimonio y nos entregaron a cada una un carnet de castidad.
Recuerdo que llegábamos todas a confesarnos después de ver Mi gorda bella y Rebelde, novelas que la red de papás católicos quería censurar.
Años después nos enteramos de que el fundador del colegio tenía cientos de denuncias por acoso sexual a niñas, niños y adolescentes en situación de vulnerabilidad e indefensión.
Dudo que no se supiera el sexto.
Por eso me cuesta tanto escuchar hoy que hay que proteger a los niños de la llamada “ideología de género” evitando que aprendan sobre su cuerpo, sobre sexualidad o sobre las diferencias entre las personas.
Porque yo ya conozco ese mundo.
Y no creo que eso haya protegido a nadie. Al contrario.
Creo que el conocimiento protege mucho más que el silencio.
Hoy les digo a las Vivians y a quienes creen que, para proteger a los niños de la llamada “ideología de género”, hay que evitar que aprendan sobre su cuerpo, su sexualidad, sus límites o las diferencias entre las personas, que por amor de Dios, no les quiten conocimiento.
Enséñenles a conocerse, a cuidarse y a decidir. A entender que su cuerpo es suyo, que pueden decir que no y que nadie tiene derecho a hacerlos sentir obligados, ni siquiera por amor.
Que puedan elegir a sus parejas y entender que amar también es cuidar, respetar y respetar las decisiones del otro. Que no tengan que cumplir las expectativas de la profesora, de la abuela, de sus amigos, de su pareja, ni siquiera las nuestras.
Porque las reglas rígidas, el desconocimiento sobre una dimensión tan importante del ser humano como la sexualidad y los discursos de miedo no protegen a nadie. Al contrario, llenan la crianza de culpa, vergüenza e incertidumbre.
Que bueno sería que supieran más de lo que supimos nosotros. Y que tengan la libertad y las herramientas para decidir por ellos mismos, no la obligación de cumplir lo que otros imaginaron para ellos.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/daniela-serna/