Ética política contemporánea

Es común escuchar sobre los políticos que ganan elecciones que son sujetos que saben comunicar, que entienden que en la sociedad del espectáculo— que ha llegado a su forma más extrema (espero) con las redes sociales— se requiere una forma de hacer política electoral que privilegie los marcos emocionales: la indignación, el odio y el exceso. Este estado de cosas también se ha descrito como una crisis. En la opinión pública se habla de polarización, de relaciones antagónicas absolutas que impiden la deliberación democrática, que ponen el riesgo la idea de síntesis, de pluralidad, que promete la democracia.

En el mejor de los casos —y digo en el mejor porque puede ser también que la política contemporánea esté desprovista de ideología y sea solamente la disputa de empresas electorales cuyo fin es ganar elecciones a como dé lugar— estos políticos son representantes de lo que Weber llamó la ética de las convicciones, de un apego religioso a los principios ideológicos que impide cualquier tipo de distancia y responsabilidad.

El político de las convicciones es un fanático de sus certezas políticas, de los lentes con los que mira el mundo. Su perspectiva determina cualquier elección, sin considerar las consecuencias pueda traer el curso de acción que elija, incluso si ellas van en contra del objetivo que persigue. Las acciones de la persona absolutista de sus creencias no contemplan que algo pueda salir mal, y si así ocurriera, no es resultado de la acción si no de aquellos que se oponen a, por ejemplo, el progreso social. La lógica detrás de este modo de actuar es que de una buena acción siempre derivará un buen resultado, algo así como hacer el bien produce buenos fines. Un principio ante todo propio de las religiones de salvación.   

Pensemos en un político que cree en la justicia social y en la redistribución de la riqueza e implementa impuestos a las personas más ricas de determinada sociedad. Al cabo de un tiempo de tomada la decisión se produce una reducción de la tasa efectiva de tributación perjudicando los fondos de programas sociales que buscan que la riqueza se dirija a los sectores más pobres. El político de las convicciones no pondrá en duda sus principios, dirá que el resultado desafortunado tuvo que ver con circunstancias distintas a su política. No habrá en él lo que Weber llama la ética de la responsabilidad, de hacerse cargo de sus elecciones y saber que muchas veces los propósitos bienintencionados salen mal.  Que como dice aquel adagio popular, de buenas intenciones está pavimentando el camino al infierno.

Lo mismo pasa con el gobernante que le reduce los impuestos a los más ricos pensando que ese alivio económico se va a traducir en mayor prosperidad, lo que los gringos llaman las trickle-down economics y al cabo de un tiempo se da cuenta que ni hubo más crecimiento económico ni se redujo la pobreza, solo las personas más adineradas aumentaron su capital. Bajo la ética de las convicciones el resultado no llevará a una reflexión sobre la forma o los principios, porque en ellos se basa toda acción pública. Este político dirá que algo más fallo, pero de ninguna manera su forma de entender el mundo.          

Una absoluta ética de las convicciones, una valoración de los principios ideológicos de manera religiosa, como si fuera ley divina, entendida como catequesis, produce lo que Weber llamaba “fanfarrones que no sienten realmente lo que hacen sino que se emborrachan con sentimientos románticos”. Y los hay en todos los espectros, de todas las banderas, desde la justicia social como fin último, hasta la libertad de mercado como mandato divino.  

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-pablo-trujillo/

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