Una foto panorámica 

A la larga lista de rankings en los que Colombia ha venido cayendo desde hace algunos años, se suma la deshonrosa clasificación de 6.0 en cuanto a su desempeño democrático, bajando 13 lugares en el índice global. El último informe de The Economist señala que el país está al borde de convertirse en un régimen híbrido, que podría simplificarse como aquel donde se celebran elecciones, pero se evidencia una tensión institucional en aumento con una reducción de libertades civiles.

Preocupa el acelerado retroceso en el último año, entendiendo que si bien el país históricamente ha acumulado fallas en el funcionamiento de la democracia, se mantuvo desde hace unas décadas como una democracia imperfecta. El incremento acelerado de la violencia política y las tensiones institucionales entre el gobierno y los poderes judicial y legislativo, propiciaron este desplome.

Lo que no nos permite ver el índice de The Economist, es que el desempeño democrático en Colombia viene en detrimento también por el actuar de los demás actores institucionales que han priorizado los fines políticos por encima de la mejora y/o avance democrático. Que el choque entre poderes y élites se agudizara no supone que en otros gobiernos las libertades civiles y económicas estuvieran garantizadas.

Valdría, de igual manera, que los partidos políticos que otrora gobernaron, se cuestionen por la calidad de la democracia en sus mandatos. En 2006, 70 congresistas fueron condenados por parapolítica. Y como es importante que todo cambie para que nada cambie, en julio de este año llegarán cerca de 53 parlamentarios con investigaciones. Esta continuidad de la práctica política ligada al clientelismo y la violencia pervive en los territorios del país y en algunos casos, supone autoritarismos competitivos que cierran la competencia.

Limitar la responsabilidad al gobierno de turno beneficia a un sinnúmero de actores que hoy no asumen ninguna culpa en el escalamiento de la violencia política y la tensión institucional. Ejemplos ilustres tenemos, como el concejal de Medellín que tuvo a bien regalar bates, promoviendo acciones directas en contra de manifestantes, o como el representante electo por Bogotá cuyo eslogan fue «Militaricemos Bogotá». Más allá de su imposible ejecución, nos lleva a preguntarnos quiénes son entonces los encargados de defender la democracia ante los movimientos autoritarios del gobierno de turno.

Una foto panorámica permitiría ver que la estabilidad democrática dependerá del nivel de control del gobierno que llegue sobre los demás poderes, sin importar el cumplimiento de las reglas democráticas. Esto alimentado, además, por el bajo o nulo progreso en aspectos sociales que atraviesa el país hace varios años, donde crecen las frustraciones de la clase media y los caminos institucionales se convierten más en un obstáculo que en garantía.

Así que nos encontramos ante un terreno complejo de unas élites políticas que no están comprometidas con la calidad democrática y una ciudadanía que demanda respuestas rápidas a problemas de su cotidianidad. Hay que recordar que, en momentos de amplia tensión social, los sistemas presidencialistas como el colombiano privilegian la figura del strong man como aquel que, sin importar si respeta o no las formas institucionales, puede resolver los problemas que la democracia no cumplió.

Lo anterior, sumado a la debilidad de los partidos políticos y su nulo contenido programático, generan un cultivo perfecto para la llegada de autocracias que se esconden en fachadas democráticas a través de elecciones. En estos cuatro años que terminan, las estructuras tradicionales nos demostraron su capacidad de acomodarse.

El caso colombiano, a riesgo de sonar muy «colombianocéntrico», se diferencia en que hoy es una anomalía encontrar defensores de la democracia, los proyectos políticos que compiten por el poder establecen lógicas de amigo-enemigo y no se comprometen con los caminos institucionales como vías para el desarrollo de sus agendas.

 En Colombia parece que el declive democrático viene de todos los sectores, que incómodos con sus fronteras, buscan todos los días acomodar las reglas a su conveniencia.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/daniel-david-mendez/

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