El terremoto del pasado 10 de agosto llegó a recordarnos la fragilidad de la vida, la incertidumbre que acompaña cada día de nuestra existencia sin que la mayoría nos percatemos: hoy estamos en nuestra casa, rodeados de los seres que amamos, con nuestras “cositas”, las que hemos adquirido con mucho esfuerzo, con ahorro, con renuncias y en un instante puede ser que ya no estemos para este mundo, o como en el caso de la familia de las trillizas en Cali, tu familia más cercana, padre, madre y hermanas ya no estén. Tus seres más amados, tu casa y tus cosas ya no están, han desaparecido y quedas solo ante el mundo con el dolor a cuestas y la incertidumbre de lo que vendrá mañana.
Ante la tragedia, Colombia ha optado por la solidaridad. Recibo mensajes a diario que confirman lo anterior. Están las fundaciones y organizaciones de tradición que han atendido este tipo de desastres con todo el conocimiento y el respaldo institucional, están nuevas organizaciones o quizás no nuevas pero menos conocidas que también reciben las ayudas para llevarlas a quienes más lo necesitan. Están los profesionales que se organizan para donar su tiempo y conocimiento , ya sea atendiendo heridos, ya sea haciendo reclamaciones ante aseguradoras, haciendo valoración estructural de las edificaciones, removiendo escombros, jugando con los niños y leyéndoles en los albergues. Está la gente que dona desde un poco de dinero y artículos de primera necesidad hasta sangre. A propósito, fue tanta la respuesta que la semana pasada se anunció que los bancos de sangre del país estaban a su capacidad máxima y quienes quisieran donar tendrían que esperar un poco más.
Decía el padre de Roux en una entrevista reciente sobre el nuevo gobierno y los retos que enfrenta que, esperaba que la entrada del presidente a los territorios afectados lo pusiese en contacto con un pueblo que sufre y se convirtiera en un misterio de la gracia ayudándolo a ver cuál es la realidad del país. El padre de Roux recuerda en la entrevista que la Comisión de la Verdad tuvo en el centro que como colombianos sintiéramos el inmenso sufrimiento derivado de la guerra.
Interpreto que esa conmiseración de la que habla el Padre de Roux debe llevarnos un paso más allá: a la solidaridad por el otro, no solo ante la tragedia desatada por las fuerzas de la naturaleza, impredecibles, con las que no se negocia sino también ante la tragedia de la guerra. Allí reside el mayor reto para el país, porque es ahí donde no hemos sabido ser empáticos ni solidarios. El “otro” en esta guerra que vivió el país por décadas y que hoy deja huella con dos extremos ideológicos que parecen no dar cabida a una visión de sociedad inclusiva, compasiva y solidaria con el “otro” cuando piensa distinto a la visión propia del Estado y la sociedad.
La tragedia del terremoto nos muestra una faceta muy nuestra, de la que sentirnos orgullosos, ya no es el partido de fútbol de la selección Colombia en el mundial el único que nos une, es la solidaridad que convoca a ayudar al otro, a ser partícipes de una solución colectiva, así sea sólo la temporal. Pero no nos puede llevar a pensar que esa solidaridad está presente siempre. Esa solidaridad parece ser selectiva. Abrir nuestro corazón al que sufre las vicisitudes de la naturaleza pero también de la guerra, de la pobreza, de la miseria, de la falta de oportunidades, del abandono estatal, del acoso de los grupos armados, ese sería un avance enorme para seguir construyendo capital social, teniendo a la solidaridad como antídoto contra tantas dolencias que aún padecemos.
Y retomo aquí a Irene Vallejo en una columna reciente titulada “Riesgo”: «Comprender, cómo Odiseo/Ulises, que los mayores vaivenes de la suerte caben en cualquier vida, que la adversidad puede irrumpir en un hogar seguro y que todos dependemos de la bondad ajena nos ayudaría a ser, ante las desgracias de los demás, menos pasivos y más compasivos».
Pd: muy recomendada la película Odisea, dirigida por Christopher Nolan.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/piedad-restrepo/