Pa´ hablarles

Para escuchar leyendo: Una su 1.000.000, Alex Britti.

Llevo una hora mirando el cursor parpadear. Esta semana no quiero comentar más del terremoto, ni de un escándalo, ni nada que me obligue a defender una opinión. Y sin embargo aquí estoy, con el mismo compromiso de siempre: decir algo. Decirles algo a ustedes, que no sé bien quiénes son, pero que cada semana están del otro lado de esta página esperando. Dios les pague.

Es raro este ejercicio. Tener quien te exija tener una idea nueva cada siete días. No quiero pedirle al director un aplazamiento, no. La columna sale, haya o no haya algo adentro. Y lo que uno aprende, con los años, es que la cabeza casi nunca está realmente vacía. Lo que pasa es que está demasiado llena, y elegir qué sacar de ahí es lo verdaderamente difícil. Sobre todo en tiempos como los que vivimos en este país por estos días, en los que tenemos la esperanza tan cansada.

Gabo decía que escribía para que sus amigos lo quisieran más. Lo dijo con esa mezcla de humildad y picardía caribe que solo él sabía usar, pero yo creo que no era un chiste o una salida ingeniosa. Creo que ahí, disfrazada de frase inmortal, había una confesión enorme: que uno escribe, en el fondo, buscando algo tan simple y tan difícil como el cariño de otro.

Yo no sé si escribo para que mis amigos me quieran más. Ellos ya me quieren, o no me quieren, y una columna no les va a cambiar la idea. Pero sí sospecho que escribo para que alguien —alguien que ni siquiera conozco, que capaz me cruza en la calle y no lo sabe— me quiera un poco. Un lector nuevo. Alguien que un viernes cualquiera, sin comerlo ni beberlo, se encuentra con estas líneas y decide seguir leyendo hasta el final. Ese gesto pequeño, casi involuntario, se parece mucho al cariño.

Por eso la angustia de la página en blanco no es solo un problema técnico, de oficio (cuanto aplaudo a los buenos periodistas). Es una angustia más honesta que eso: es el miedo a que esta vez no alcance. A que lo que yo tenga para decir no sea suficiente para ganarme, otra vez, esos minutos de atención de alguien que no me debe nada.

Así que hoy, que no tenía de qué escribirles, terminé escribiéndoles justamente eso: que no sabía, pero sobre todo un Dios les pague. Y en el camino entendí algo que quizás ya sabía pero se me había olvidado. Que esta columna, semana tras semana, no es solo un ejercicio de opinión. Es un intento — torpe, repetido, necesario — de que alguien me quiera un poco más.

Gracias por estar ahí. Nos leemos la próxima semana, cuando vuelva a no saber de qué escribirles.

¡Ánimo!

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/santiago-henao-castro/

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