Aprovechando la cadena de oraciones a la que nos invitan los nuevos representantes de Dios en la tierra con sus barbas pulidas, sus manos tiesas que recuerdan tiempos peores, sus juguetes de guerra, sus empolvadas mandíbulas y sus palabras repetitivas, propongo un rezo adicional. Favor ponerse de pie. Dice así:
Oh Señor, tú que estás donde no te vemos, tú que observas nuestros pasos vacíos, tú que dormitas entre nubes de infinitas formas, no nos desampares en el precipicio de cascadas sin ríos asediado por fieras que ignoran tu voluntad en la tierra.
Protégenos Señor, de las frías miradas que no transmiten ni una pizca de simpatía; de aquellos que en vano profesan tu retorno subrepticio; de aquellos que ignoran que en el paraíso no todo está incluido.
Perdónalos Señor, han olvidado el infalible olor del horizonte que se levanta al amanecer. ¡Han olvidado el incalculable peso de la cruz!
Aleja Señor, a quienes no escuchan tu voz en la lluvia, en el viento y en el forzoso latido de la tierra, así como en el trueno que viene del cielo. Aquellos que quieren ver llover opacos metales pesados y líquidos envenenados sobre espaldas que cargan costales llenos de otras formas de tu voluntad.
Espanta Señor, a los adoradores del reptil domesticado, esos que han olvidado leer en voz alta, pensar en silencio y dudar de un cartón que confiere un doctorado. Te rogamos que remuevas el manto del vivo milagro para que no lo confundamos con los eufemismos propios de tu ángel desterrado.
Bendice Señor, entonces, las balas, los tanques, los verdes carros importados de otras batallas perdidas para que encuentren óxido en sus engranajes y se llenen por fin del silencio que les corresponde. ¡No permitas que ni este ni aquel dispare!
Perdona nuestras ofensas así nosotros pintemos de rojo el verde que nos ofrendaste.
No nos dejes caer en los días fríos y de espesa neblina que solo tú nos envías para que nos atrapen las cobijas. Por eso es que no salimos de la tristeza. Y de la pobreza.
Es nuestra culpa, nuestra culpa, nuestra gran culpa.
Líbranos de todo aquel que, olvidando el pánico de Abraham con cuchillo en mano y su hijo atado, encuentra un pretexto cualquiera para decir, envalentonado: sí matarás.
Así y en cien años más de soledad, y por los siglos de los siglos,
Amén.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/martin-posada/