Hace veinte años, para recorrer los 125 kilómetros que separan a Ciudad Bolívar de Quibdó había que pasar por 1.565 huecos; lo sé porque yo misma los conté. Viajamos en ese entonces a doce huecos por kilómetro y a una velocidad de no más de 20 por hora. De ese modo, una distancia que un carro debía recorrer en más o menos dos horas, tomaba en ese momento catorce o dieciséis.
Hoy, después de un billón de pesos de inversión entre 2012 y 2021, llegar al Chocó se demora más o menos lo mismo. Lo sé por doña María, la señora que trabaja en mi casa. Cada que viaja, reserva y se gasta toda la noche para el trayecto.
Por eso, 72 horas después del terremoto que tuvo como epicentro a San José del Palmar no había llegado maquinaria amarilla a ese municipio. Y para Quibdó despacharon bomberos desde Medellín y maquinaria, porque allá no había; mientras tanto, el único hospital del departamento, que permanece con un colapso en urgencias del 200 por ciento, llegó al 485 por ciento. Estos datos, sin contar con la incomunicación de la región, donde todavía es difícil saber con certeza la magnitud de la destrucción.
Eran más de las seis de la tarde del día lunes y doña María apenas había podido comunicarse con una de sus hermanas en Quibdó. La otra, en otro barrio, ni siquiera lograba darle señales de vida a la que tenía en su misma ciudad.
Son datos que dan vergüenza y rabia, el espejo del país racista que somos. Uno quisiera tener a quién culpar, pero los culpables son todos. Del milagroso barranquillero de hoy para atrás, incluido el de la vida, el del cambio, el de los pobres. Todos. O sea ninguno. Y se siente esta impotencia.
Para qué van a invertir en Chocó, piensa uno que piensan ellos. Poca gente y dispersa, acostumbrada a ser pobre; manigua y más manigua. Grupos armados y políticos corruptos que se tragan lo que se le meta a la región. Y oro, que para sacarlo no necesita carreteras. Punto. Por eso Chocó no está en el mapa de las vías 4G, que se diseñan con viaductos y muros de contención en concreto y se construyen con privados. Porque quién va a recuperar una inversión de ese tamaño y cuándo el Estado va a poder hacerla solo.
Entonces qué importa que ni se pueda llegar al departamento. Y qué importa que hubiera sido la región que más se proyectaba que perdería dinero por terremoto si ocurría “0,89 por ciento de todo su patrimonio construido, cuatro veces el promedio nacional” según informe de La silla vacía. Al fin y al cabo ni el millón de habitantes tiene. Piensa uno que piensan ellos.
Sabíamos que el tema de la igualdad no iba a ser un propósito del Presidente y milagroso felino; no era para esperar inversión en la región durante el cuatrienio. Sin embargo, porque con esta rabia toca señalar a alguien, sí fue la negligencia del coronado barranquillero la que tiene al Chocó rezagado, último en la fila, en el proceso de socorro de la emergencia.
Como no quiso hacer empalme, dice The Economist que no tiene información y capacidades que necesita y por eso se ha visto forzado a trabajar a través de las administraciones locales, fórmula que funciona en regiones prósperas como el Valle y Risaralda, pero no en Chocó, que sigue sin energía y casi incomunicado.
El departamento se reconstruirá con las uñas de su gente, y habrá nuevas edificaciones que tampoco cumplirán con las normas de sismorresistencia; pasará el cuatrienio sin mejoras en el hospital San Francisco de Asís y con la carretera intransitable hacia Medellín y hacia Pereira. Pero tal vez obtenga del Presidente algunas oraciones.
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