Cada presidente investido monta su show; cada uno, dueño de su propia fiesta, se hace celebrar como le parece que corresponde y se merece. Petro, en su día, mandó traer a la brava la espada de Bolívar y después contrató papayera para que Verónica moviera las nalgas. Abelardo, en cambio, organizó una especie de misa cantada para imponerle a Colombia su propio Dios.
Hay que ver que no es cualquier dios el que oímos invocar en el lenguaje de varias religiones durante la ceremonia de posesión, sino un dios hecho a la medida del Tigre y sus adoradores; un dios trumpista, el dios de la nueva derecha.
Dios es uno, decimos los monoteístas; pero nos equivocamos. Dios es un traje que visten a la medida los que disfrutan retratándose cuando rezan de rodillas, casi gateando, poseídos por el espíritu.
Ese Dios, por ejemplo, es excluyente y no perdona; ve con buenos ojos que el Tigre depredador excluya de su misa a todos los que no piensan como él (o sea quienes representan más de medio país); al fin y al cabo ganó por menos de un millón de votos, y ganar es ganar.
Y uno entiende. No era esa fiesta para Samper ni para Santos, sino solo para los presidentes conservadores como Núñez y Laureano, incluido Álvaro Gómez así no hubiera gobernado este país. Merecían oír con sus oídos el anuncio de una nueva Regeneración, como la que nubló a Colombia de exclusión política todo un siglo, desde 1886, hasta el 91.
Este Dios-Tigre no sabe de lealtad ni de humildad. Ni de buen ejemplo: Tampoco Paloma Valencia, vituperada por las bodegas pagadas por Abelardo en la campaña, y primera en manifestar el apoyo al candidato felino cuando ganó la primera vuelta. Pero uno también entiende, porque ella no es una política de derecha, como siguen diciendo esas mismas bodegas, que tienen como estrategia la difusión de mentiras, aunque rayen con lo inverosímil. Bien lo dice Jesús en el Evangelio: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí”; lo que no sabíamos era que tal verdad estaba inspirada en los principios de la ultraderecha.
Reconoce a Jehová, a Jesús y a la Virgen, pero no a Alá. Ese Dios de los musulmanes tampoco fue invitado a la posesión. Y en cambio sí habló a través de un rabino que lanzó vivas al estado de Israel. Claro, porque ahora en Colombia somos hijos de un Dios político y vengador, que le habla al oído a Netanyahu, que le habla al oído a Trump para armar guerras exprés que los divierten, mientras el siguiente genocidio.
El Dios de los Evangelios que conocimos, que hablaba a través de Jesús del amor al prójimo y que escogió a todos los excluidos de la sociedad en que vivió para manifestarse con los milagros, sería un blanco a destripar por las bodegas abelardistas, por zurdo y por mamerto.
Dijo Jesús: “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que una persona rica en el reino de Dios”(San Marcos 10:25). La buena noticia es que estamos ante hombres lo suficientemente pequeños como para cruzar tan diminuto umbral, a pesar de tanta ostentación.
Hasta ahora no hemos oído que se hubiera acabado el vino en la fiesta de posesión. No habría sido problema, en todo caso, los dioses habrían bajado en pleno a convertir el agua en ron Defensor.
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