Petro: del “Gobierno del cambio” al gobierno del desencanto

Aunque se autodenominó el “Gobierno del cambio”, era poco lo que Petro podía cambiar durante su mandato. Su margen de maniobra era mínimo y contrario a las grandes expectativas reformistas de sus seguidores y a los catastróficos y mezquinos augurios de sus detractores. Sus obstáculos externos eran muchos, pero sus enemigos internos –empezando por su ego y sus problemas de personalidad– eran más. 

Nunca he votado por él; tampoco me ha generado confianza y menos ilusiones. Me pareció un buen congresista, eso sí, pero hasta ahí. No obstante, y aun con su estrecho rango de decisión, sí esperaba que dejara un legado positivo para resaltar. No dudo de que algo bueno quedó, pero es mínimo frente a sus posibilidades, que debe ser el parámetro de evaluación. El propio Sergio Fajardo, contrincante e implacable crítico de su gobierno, resaltó en una reciente publicación que le haya dado voz a los “nadies” y hecho visible las grandes desigualdades que existen en nuestro país. Alejandro Gaviria, otro de sus más implacables jueces, ha destacado su genuino interés por la justicia social.

 
Estos reconocimientos, además de insuficientes frente a las expectativas, quedan eclipsados por tantos yerros como gobernante. Petro se dedicó a borrar con el codo –y sobre todo con la boca– el poco bien que alcanzó a hacer con la mano. En especial en las diez semanas transcurridas entre la elección de De la Espriella el 31 de mayo y el fin de su gobierno este 7 de agosto. Durante este tiempo, un Petro desencadenado, sin filtros, se dedicó no solo a deslegitimar el triunfo de ADLE, sino a su propio gobierno y, lamentablemente, al Pacto Histórico y la izquierda democrática en general. Sus copartidarios y seguidores han sido condescendientes –cuando no cómplices– del cúmulo de sandeces que profiere por doquier. Deseo que pronto revalúen su designación como líder de la oposición.

No se le pedía nada extraordinario ni que no supiera o pudiera hacer.

Sabíamos de antemano –y Petro también– que su mandato, así hubiese rayado en la perfección, nunca sería alabado por el también mezquino establecimiento colombiano, ni por sus subordinados medios de comunicación, periodistas e influenciadores de oficio, que son la mayoría de los que existen en el ecosistema mediático y digital colombiano. Los dueños del poder en Colombia castigan a quienes no se sometan a sus intereses y caprichos, porque su prioridad, más que la economía, es mantener su statu quo, y quien lo amenace, así sea de palabra, está condenado a su destierro. Petro, ingenuamente, esperaba su reconocimiento. Pero como no llegaba, se quejaba y peleaba todos los días contra esos molinos de viento que casi lo trituran.

También era predecible que ese mismo establecimiento –faro político, económico y “moral” de este país tan conservador– no permitiría que la izquierda repitiera gobierno. Sí, gobierno, porque nunca tuvo el poder –otro de los dolores de Petro–. Si algo funcionó durante esta presidencia –a diferencia de los anteriores– fueron “las instituciones” y los contrapoderes para truncar las principales reformas del “Gobierno del cambio”. Como bien lo resumió el analista Hernando Gómez Buendía: la izquierda llegó al gobierno, pero nunca tuvo el poder. Y, por supuesto, no lo iban a poner en riesgo con otro mandato de izquierda, en cabeza de Iván Cepeda, menos visceral pero más radical que Petro.

Aunque la victoria fue estrecha, no fue tanto por virtudes de la izquierda. Se debió, por una parte, a que Petro lideró la campaña, se la tomó personal –como un plebiscito a su administración– y puso a marchar a sus operadores políticos, para aumentar en 3.020.351 la votación de primera a segunda vuelta, reducir la diferencia en 422.308 votos y dejarla solo en 250.830 (1% de diferencia). Por otro lado, porque los “Defensores de la patria” se confiaron en segunda vuelta; y, finalmente, por el rechazo y las prevenciones que generaba ADLE entre algunos conservadores y centristas con escrúpulos, debido al turbio pasado del Tigre y a su discurso pendenciero.

Pese a tener siempre el establecimiento en contra y cargar con el mediocre gobierno de Petro –lleno de escándalos por corrupción, promesas incumplidas y un discurso delirante e incendiario– la izquierda, en cabeza del mismo Petro más que de Cepeda, obtuvo 12.708.712 en segunda vuelta (1.417.000 votos más que en 2022). Aun con los titubeos iniciales de Iván para aceptar la derrota, esta fue más que digna: tuvo tintes de victoria. Suficiente para ejercer una oposición firme, respetada y respetable. Pero Petro optó por desperdiciarla.  

Como lo advertí en otra columna en este mismo medio, “Petro, a pesar de sí mismo, ganó más de lo que perdió en segunda vuelta. Aunque puede ser una victoria pasajera: no olvidemos que es experto en dilapidar fortunas políticas”. Infortunadamente, no me equivoqué. Desde entonces, su imagen y la de la izquierda en general se debilitan aceleradamente.  

Petro no podía cambiar al establecimiento colombiano, pero así como de manera titánica llevó a la izquierda por primera vez a la presidencia, tenía el deber de mantenerla con opciones de volver en un tiempo no muy lejano. Alternancia sana y necesaria para fortalecer la democracia en un país tan desigual como Colombia.

Pero no, embriagado de poder, no fue capaz de gobernar ni de gobernarse, como lo reconoció recientemente Margarita Rosa de Francisco, que había defendido a capa y espada su mandato.

Pero Petro sí pudo haber cambiado la historia de la corrupción pública en Colombia, controlando y condenando la corrupción propia de su administración. También pudo cambiar el desprecio de muchos gobernantes por las instituciones que los contradicen, la estigmatización de la oposición y la de los funcionarios que los cuestionan, y  la política autocrática y mesiánica estilo Uribe, entre tantas otras cosas que pudo hacer y no hizo.

Petro pudo haber demostrado que en Colombia existían los “nadies” sin maltratar ni excluir a los de “siempre” y a los “nunca”, porque se debe gobernar para todos, no solo para los electores propios. Pudo haber evitado el ascenso de una derecha y un sucesor tanto o más extremistas que el uribismo y su mesías, como lo son los “Defensores de la Patria” y ADLE. Y, sobre todo, Petro pudo, con un buen gobierno, haber fortalecido la izquierda y la democracia en Colombia, pero las ha es socavado. ¡Cuánta irresponsabilidad!

Porque no era un novato. Ya había sido alcalde de Bogotá y no supo capitalizar esa experiencia. Al contrario, replicó y acentuó sus errores, recordando su peor versión. Fue incumplido en sus promesas y reuniones, no supo hacer equipos y menos gestionar su gabinete; dio muestras de machismo, homofobia, racismo y resentimiento. Casi lo contrario de lo que predicaba. 

Petro pudo, efectivamente y sin grandes reformas, ser el “Gobierno del cambio”, pero por su megalomanía y egolatría se volvió indefendible y prefirió ser el gobierno del desencanto.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/pablo-munera/

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