Una primera vez para la historia

Nunca, en toda la historia republicana, había existido un precedente de una posesión presidencial en el Valle del Cauca. Más aún, por fuera de Bogotá.

En una región rica por su historia, habiendo sido tierra del primer grito de independencia bajo don Joaquín de Cayzedo y Cuero; de las aspiraciones autonomistas de las Ciudades Confederadas del Valle; de la apertura al Pacífico que ha conectado al país con el mundo; de los Juegos Panamericanos; de la Universidad del Valle y de tantas generaciones que han aportado al desarrollo de Colombia, este hecho adquiere un significado que trasciende el protocolo.

Soy valluno y, ante un acontecimiento como este, no puedo sentir más orgullo.

No porque una posesión presidencial resuelva, por sí sola, los problemas estructurales de las regiones. Tampoco porque el simple traslado de una ceremonia signifique que el país dejó atrás el centralismo que ha caracterizado buena parte de su historia. Los símbolos, por sí mismos, no transforman la realidad. Pero sí expresan una voluntad política y abren discusiones que antes parecían impensables.

Durante décadas, la relación entre Bogotá y las regiones ha estado marcada por una paradoja permanente. Mientras desde los territorios se produce buena parte de la riqueza, de la diversidad cultural y del esfuerzo que sostiene al país, las grandes decisiones han tendido a concentrarse en un mismo lugar. Esa sensación de distancia entre el Estado y las regiones no es nueva; hace parte de una discusión que ha acompañado la construcción misma de la República.

Por eso, más allá de cualquier simpatía política, este precedente merece ser observado con atención. Que el acto institucional más importante de una democracia se celebre por primera vez fuera de la capital constituye, al menos, una invitación a pensar el país desde una lógica distinta: una donde las regiones no sean únicamente escenarios donde se gobierna, sino espacios desde los cuales también se representa el poder público.

Hay quienes verán en ello un gesto meramente simbólico. Y probablemente tengan razón en parte. Pero la historia de las naciones también está hecha de símbolos. Las instituciones construyen legitimidad a través de rituales, y modificar uno de ellos, después de más de un siglo de tradición, difícilmente puede considerarse un hecho menor.

Ojalá este hecho no quede como una excepción curiosa en los libros de historia. Ojalá sea el inicio de una tradición republicana donde el Estado visite, escuche y represente a todos los territorios con la misma dignidad con la que durante más de un siglo representó únicamente a su capital.

Las naciones también se transforman a través de sus símbolos. Y cuando un símbolo rompe inercias de más de cien años, deja de ser un simple protocolo para convertirse en un mensaje político.

Hoy, ese mensaje nació en el Valle del Cauca.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/samuel-sarria/

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