Hace unos días calmé una sed que tenía. La pregunta sobre la inteligencia artificial y su capacidad para escribir, para pintar y para cualquier otra cosa que no sucediera en un Excel me provocó una sequedad de espíritu tremenda. Miedo, sí, pero sobre todo el natural pánico que produce divisar el culmen de la desesperanza. Necesitaba hidratarme. Me cargué la espalda (literalmente) de libros. Leí como nunca. Después necesité parar un poco para no emborracharme demasiado. Me senté y conversé. Empezó, entonces, un ciclo de conversaciones interminables con la intensidad propia de un exorcismo.
Todas las tardes, sentados en un balcón que mira hacia el pasado, con cerveza, cigarrillos y demás (vino y viche, cuando se podía), tres, cuatro o cinco amigas, amigos y amigues de diferentes aguas conversábamos y conversábamos y conversábamos. Mirábamos el atardecer, mirábamos los cigarrillos, mirábamos la cerveza y, de vez en cuando, nos mirábamos a los ojos. Discutíamos. Suspendíamos. Reanudábamos. En un punto hasta de locos nos tuvieron y nos abandonaron algunos tripulantes de medio tiempo. Pero nosotros seguíamos mirando al horizonte.
De arte hablábamos.
«¡Intuistas!», dijimos llamarnos entre las filas de un bar. Pero descubrimos que ya existía el nombre, en París, en los setenta o algo así… «Pero la originalidad no existe». «Aunque qué chimba dar con algo novedoso, ¿no?». «¿Neointuismo?». «¡No jodás!». «¿Y entonces?». «¡Gavierismo!». «¿Qué putas?». «¿Saben qué es una gavia? ¿Saben qué es un gaviero? Ya lo decía Melville: Así, suspendido sobre todos nosotros, casi flotando en el aire y mirando con feroz avidez el horizonte, parecía algún profeta o vidente que contemplara las sombras del Destino y anunciara su llegada con esos gritos salvajes».
Nos denominamos «Gavieristas». Bobadas hablábamos. Es lo que hay.
Todo eso para decir que esa tarde de nubes incipientes, conversábamos:
Me llamo Guillermo. ¿Usté conoce las estrellas?, me dijo, señalando el firmamento. Sin pensarlo, asustado, como si me estuviera perdiendo de algo demasiado obvio, alcé la mirada. El sol todavía no se escondía al oeste de la sabana bogotana y, sin embargo, sobre nosotros ya se dibujaba una estrella.
Walter Benjamin decía: «El valor cultural de la imagen tiene su último refugio en el culto al recuerdo de los seres queridos, lejanos o desaparecidos. En las primeras fotografías vibra por vez postrera el aura en la expresión fugaz de una cara humana. Y esto es lo que constituye su belleza melancólica e incomparable».
Me llamo Guillermo. ¿De qué color es su bandera?, preguntó incluso antes de preguntar mi nombre. Esta vez no me apresuré. Me detuve a pensar. Sabía que había algo enigmático en su pregunta. Frente a nosotros, la calle 10 con carrera 11.
Carlos Castaño decía: «Tratar de distinguir entre guerras limpias y guerras sucias es una falacia. La guerra es el arte de engañar y se dice que la primera víctima de una guerra es la verdad. ¿Cómo puede ser limpia una guerra?».
Me llamo Guillermo. ¿Y usté por qué no mira al cielo? Esta vez no alcé la mirada. Lo miré directo a los ojos. Sonreía mientras también me sostenía la mirada. Como si ya todo lo supiera. De fondo, desde algún bar entre aguardientes, sonaba El Necio de Silvio Rodríguez.
«Dicen que me arrastran por sobre rocas / Cuando la revolución se venga abajo / Que machacar mis manos y mi boca / Será que la necedad parió conmigo / La necedad de lo que hoy resulta necio / La necedad de asumir al enemigo / La necedad de vivir sin tener precio / Yo no sé lo que es el destino / Caminando fui lo que fui / Allá Dios que será divino / Yo me muero como viví / Yo me muero como viví / Yo me muero como viví».
Me llamo Guillermo. ¿Se cansa usté de un problema? «¿Cómo así?», contrapregunté. Me llamo Guillermo. ¿Le molesta que lo repita? «¿Que repita qué?», insistí. Me llamo Guillermo. ¿Le molesta que le cuente mi historia?
Escribe Helen Sword: «The dead live on not only in our memories but also and especially in our words» / «Los muertos viven no solo en nuestra memoria, sino también, y sobre todo, en nuestras palabras». La traducción es de ChatGPT. Es lo que hay.
Me llamo Guillermo. Esa no es una estrella, pelmazo. «¿Qué? ¿La de allá?», pregunté señalando con mi mano izquierda, en mi mano derecha un cigarro. Eso es un planeta, afirmó.
Camilo Castañeda (compañero de peregrinaciones y desvaríos) escribe: «Mentir de esa forma tiene nombre. Se llama silenciar. Del silenciamiento nace el olvido y la impunidad. La injusticia prolonga el dolor de las víctimas».
Me llamo Guillermo. ¿Le ofrezco agua? «Sí, gracias», contesté. Se levantó de la mesa. Quedaron una cafetera, dos pocillos y un cenicero. Mi pocillo iba por la mitad. El otro siempre estuvo vacío. No se había servido. No importa. «El viento», pensé, «ese es el color de mi bandera».
Diría el Gaviero de Mutis: «y helados rincones donde / dormita un centinela. / Lo que calla, / lo que guarda / en su anónima eternidad, / en su opaca extensión / donde la nada gira / en el sellado vértigo / de las disoluciones, / jamás será dicho. / Ni siquiera la poesía / es bastante para rescatar / del minucioso olvido / lo que calla este espejo / en la tiniebla / de su desamparo».
«¿Cómo se llamaba?», le pregunto al viento. Volví la mirada al cielo. Sobre mi cabeza: los planetas, las estrellas, los recuerdos. Se llamaba Guillermo. ¿Es estrella o planeta?
*** Para curiosos: la de Melville está en Moby-Dick; la de Walter Benjamin en La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica (pésimo título, digo yo); la de Carlos Castaño hace parte de una entrevista que le hizo Germán Castro Caycedo y recoge en su libro: En Secreto; la de Camilo Castañeda está en su libro Los niños de la Pica; la de Helen Sword está en el libro Ghostwriting modernism; y, el fragmento del Gaviero de Mutis hace parte del poema Cuatro nocturnos de El Escorial.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/martin-posada/