Hay países donde una discusión política termina en un debate. En Colombia, cada vez con más frecuencia, termina en un castigo. Esta semana circuló un video grabado en un municipio del Caquetá. En el, un profesor decide decirle a un vendedor ambulante de panela que no volverá a comprarle porque votó por un candidato distinto al suyo. Lo hace mientras lo graba con el celular, lo expone públicamente y convierte una diferencia política en una humillación personal.
No importa, para efectos de esta reflexión, cuál era el candidato de uno o del otro. Tampoco importa si simpatizamos con alguno de ellos. Lo verdaderamente inquietante es que la decisión democrática de un ciudadano haya terminado afectando una relación tan simple y cotidiana como comprar un pedazo de panela. La política ya no se queda en las urnas. Se permanece en la mesa del comedor, en las reuniones familiares, en los grupos de WhatsApp, en las amistades de toda la vida y ahora hasta en la venta ambulante, al punto que la panela terminó polarizada.
Durante años se nos enseñó que la democracia consistía precisamente en aceptar que otros pensaran diferente. Que perder una elección no convertía al ganador en un enemigo ni al votante contrario en un traidor. Hoy parece que esa idea se está evaporando. La diferencia dejó de verse como una condición natural de la democracia para convertirse en una falta moral. Quien piensa distinto ya no es alguien con quien discutir; es alguien a quien hay que castigar, cancelar, ridiculizar o excluir.
La polarización se convirtió en uno de los negocios políticos más rentables del siglo XXI. Un ciudadano indignado vota con más facilidad que uno reflexivo. Un ciudadano que siente miedo comparte más contenido que uno sereno. Un ciudadano convencido de que el otro representa una amenaza es mucho más fácil de movilizar electoralmente. Los estrategas políticos lo saben, las redes sociales lo amplifican y los algoritmos lo premian.
Mientras más dividida está la sociedad, más sencillo resulta presentarse como el único salvador posible. Por eso cada elección nos deja menos capaces de conversar y más dispuestos a clasificar personas. Ya no preguntamos qué propone alguien; preguntamos por quién votó. Ya no evaluamos argumentos; evaluamos camisetas. Ya no discutimos ideas; discutimos identidades. Y cuando una sociedad llega a ese punto, cualquier diferencia termina justificando una retaliación. Hoy es una panela, mañana seguramente será un empleo, una amistad, una recomendación profesional o un saludo que deja de darse.
Lo preocupante no es únicamente el episodio del Caquetá. Lo preocupante es la cantidad de personas que lo celebraron desde uno y otro extremo. Para unos era un acto de coherencia política. Para otros, una oportunidad para responder con el mismo odio. La polarización tiene esa perversidad: logra que ambos bandos terminen pareciéndose más de lo que creen.
Colombia necesita recuperar una idea que parece obvia, pero que estamos olvidando: una persona no se reduce al candidato por el que votó. Nadie debería perder clientes, amigos o dignidad por ejercer el derecho más básico de una democracia: elegir libremente. Los gobiernos pasan, los presidentes cambian, las campañas terminan. Pero los vecinos siguen siendo vecinos, el profesor seguirá encontrándose con el vendedor, el tendero seguirá atendiendo a quienes votaron distinto, el médico seguirá recibiendo pacientes de todas las ideologías. Seguiremos habitando el mismo país.
Si permitimos que la política determine a quién saludamos, a quién le compramos, a quién ayudamos o incluso a quién despreciamos, habremos aceptado que nuestra identidad como ciudadanos vale menos que nuestra identidad como electores, y ese sí sería un precio demasiado alto por una elección. Por eso, querido lector que llegó hasta el final de esta columna, lo invito a sentarse a conversar con alguien que piense distinto, no para convencerlo, sino para entenderlo; quizás descubra que esas diferencias irreconciliables que tantos políticos se empeñan en vendernos son mucho más pequeñas que todo lo que aún nos une como colombianos.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-carlos-bolivar/