Son múltiples las variables que determinan la salud y la solidez de nuestra democracia: gobernantes, partidos, Congreso, Constitución, cortes, equilibrio de poderes, entre otras. En esta columna haré foco en dos que me parecen decisivas y subvaloradas, aunque estén estrechamente ligadas: la polarización y los líderes de opinión, distintos a quienes ostentan cargos públicos. Incluyo periodistas, empresarios, voceros gremiales, columnistas, generadores de contenido e influenciadores en redes sociales, entre otros agentes.
En Colombia nos rajamos en ambas materias y eso es peligroso. Cuando la opinión es tan sesgada –y algunas veces también cegada– la polarización se acentúa y se pone en riesgo la propia democracia.
Los niveles de mezquindad son, en muchas ocasiones, absurdos e infames. Llegamos a desear o a celebrar que le vaya mal a un presidente –y al país mismo– con tal de tener la razón y que se cumplan nuestros malos augurios. Sucedió, por ejemplo, con la reunión de Petro con Trump empezando el año. El parte positivo de ambas partes y los resultados favorables para el país parecían una afrenta para los detractores del presidente colombiano, que se dedicaron a criticar y caricaturizar nimiedades protocolarias como el lugar de ingreso, empezando por el expresidente Iván Duque y el exembajador Juan Carlos Pinzón.
Hay otros que creen tener la verdad revelada y quien no la comparte es un estúpido o, peor aún, un fracasado. Hace poco, Antonio Morales Riva publicó en la red X (Twitter): “Parece totalmente convincente la teoría de que la mayor parte de la derrota de Iván Cepeda y el triunfo de Abelardo corrió por cuenta de la ausencia de una educación adecuada cuya consecuencia es la estupidez”. Parece una respuesta a la columna publicada el 2 de febrero de este año en El Colombiano por Juan David Escobar con el título Si un hijo le sale petrista, fracasó como padre. Casi una copia del trino puesto por el mediático empresario colombiano Mario Hernández el 8 de mayo de 2022, previo a la primera vuelta presidencial de hace cuatro años: “SI TU HIJO ES PETRISTA, FRACASASTE COMO PADRE” (así, en mayúscula sostenida y diseñado como valla). ¡No hay derecho a tanto revés!
Algunos más se muestran como analistas razonables y ecuánimes, pero atizan la polarización, justificándola. Tal es el caso del columnista de El Espectador, Santiago Vélez Posada. En su última columna, titulada La auditoría no es revancha, referida al “Empalme anticorrupción” que está haciendo el gobierno entrante, defiende dicho proceso como un asunto básicamente técnico, obviando que el título mismo ya es una provocación política más que técnica. Sus otras columnas son de un tinte parecido a esta.
El tema de la corrupción –uno de nuestros males endémicos y del que todos se quejan, pero casi nadie se salva– sería suficiente para mostrar la notable parcialidad de nuestros líderes de opinión. No ha habido gobierno ajeno a ella: ni siquiera el “del cambio”, que en la lucha anticorrupción también se raja.
El entrante, que prometió gobernar con y para los de “nunca”, ha empezado con los de “siempre” en el nuevo gabinete y desde el “empalme anticorrupción”. Uno de sus coordinadores es Carlos Alonso Lucio, exguerrillero del M-19, que fue condenado por la Corte Suprema de Justicia por estafa y falsa denuncia, además de tener vínculos con el narcotráfico y el paramilitarismo. Los grandes medios del país han sido poco críticos con el caso de este nefasto personaje, que es la antítesis de todo lo que ADLE prometió.
Como los citados, hay decenas de temas y miles de casos para ilustrar lo parcializados, polarizados y polarizadores que son muchos de nuestros líderes de opinión, pero no hay espacio para citarlos a todos.
Sin embargo, no puedo pasar por alto la actitud antidemocrática de los voceros empresariales en el comité intergremial y su veto –porque de facto lo fue– a Iván Cepeda, candidato de casi la mitad de los colombianos y del partido de gobierno, a quien no quisieron recibir. Ellos, que ondean las banderas de la democracia y la institucionalidad, habrían puesto el grito en el cielo si Cepeda hubiera ganado y no los hubiese recibido. Y no, no es un prejuicio retórico mío, porque ya lo hicieron. Lo criticaron, con razón, porque no iba a debates –yo también lo hice en mi columna La desconexión de Cepeda–, aunque no hicieron lo mismo con De la Espriella, que tampoco fue a ninguno, ni siquiera con Paloma Valencia, su principal rival en el mismo espectro ideológico. Tampoco se lo exigieron a Duque y Uribe en su momento, cuando se sentían ganadores.
La polarización no es mala por sí misma en la medida en que da cuenta de los niveles de respeto a nuestros contradictores; de la tolerancia al disenso, a la diversidad y a los que piensan distinto. Incluso, es necesaria para mantener los contrapesos que nos blindan contra los abusos de poder y las tiranías.
La polarización es nociva cuando hacemos de cada diferencia un problema y de cada problema un conflicto; de todo opositor un enemigo, al que hay que eliminar o mínimo cancelar, descalificar o acallar. Una cosa es ser radical (tener raíces y principios firmes) y otra es ser extremista, que nubla la razón hasta enceguecerla. En suma, la polarización es consustancial a la democracia, siempre que no atice el conflicto ni paralice a la sociedad (paralización por polarización).
Pero en este frágil nivel estamos: tensando la cuerda de lado y lado; olvidando que un resorte no estira hasta el infinito, porque llega a un punto en que se revienta. Nosotros, cada vez más, pendemos de un hilo para fracturar del todo a Colombia. Si antes teníamos un conflicto armado con las guerrillas, ahora no estamos lejos de una guerra intestina, ya civil y a gran escala.
Puede sonar tremendista, pero basta ver los medios de comunicación y las redes sociales para asustarse. Los casos de Morales, Escobar y Hernández son muestra de ello. Desde estúpidos y maleducadores, es poco el camino a transitar para empezar, literalmente, a destripar. ¡Qué miedo!
Que los políticos tradicionales estén tan polarizados no es sano, pero podría explicarse, en parte, porque por primera vez en este país ha habido una alternancia ideológica en el gobierno. Que ciudadanos del común, sin mayor incidencia en la opinión y en las decisiones de los demás, estén polarizados, no es extraño, teniendo en cuenta sus intereses y los influenciadores que tenemos.
Lo alarmante es que muchos líderes de opinión –llamados a traducir y mediar la realidad, y para el caso, a moderar los juicios y atenuar los ánimos– en vez de apagar el fuego lo aticen: se comportan más como pirómanos que como bomberos. Como seres humanos es normal y respetable que tengan preferencias políticas e ideológicas, pero deben, ante todo, ser responsables con su rol social como moldeadores de opinión, especialmente si son columnistas políticos u opinan sobre el tema. Un comentarista de fútbol puede ser hincha de un equipo, pero si analiza los partidos como un fanático, pierde credibilidad. En política, parece que entre más agitados y agitadores sean, más adeptos ganan. Lo paradójico es que casi todos se quejan de la polarización, aun cuando la promueven.
Es más entendible, aunque no justificable en los que son abiertamente de derecha (como Fernando Londoño o Salud Hernández-Mora) o de izquierda (tipo Margarita Rosa de Francisco o Daniel Mendoza Leal), pero inaceptable en personas que se creen de centro (un Felipe Zuleta Lleras y el mismo Santiago Vélez Posada). Los que nos consideramos de centro tenemos más responsabilidad en bajarle la temperatura a la discusión pública.
Hoy, más que nunca en Colombia, es indispensable que los líderes de opinión no terminen siendo líderes de la polarización, como, infortunadamente, hay tantos. Por gracia, tenemos buenos ejemplos que avivan la esperanza, como Rodrigo Uprimny, Sandra Borda, Maurice Armitage o Piedad Bonnet. ¡Qué nos sirvan de inspiración!
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/pablo-munera/