La fe puesta en la victoria

Una elección más que se siente como un fracaso personal y no como una simple derrota electoral. Quienes usualmente votamos por candidatos liberales —por esas ideas que defienden las libertades y las instituciones— vemos cómo las frustraciones políticas se acumulan, y aparece de inmediato la tentación de dejar de remar, de tirar la toalla y sucumbir ante la estridencia de los extremos que hoy dominan nuestro debate público. Es fácil caer en el desánimo o buscar el camino cómodo del acomodo silencioso. Sin embargo, ahora que se apaga el ruido de los meses de campaña, el exceso de información y las ansiedades al límite, surge por fin el espacio para clarificar la mente, levantar la mirada y descifrar el camino que sigue. Es en este ejercicio de introspección donde la memoria histórica se convierte en un faro.

Se me viene a la cabeza por estos días una anécdota del dos veces presidente liberal Alfonso López Pumarejo. Cien años atrás, precisamente en los 20 del siglo pasado, el partido conservador era hegemónico y los liberales se habían rezagado a ser la segunda fuerza política, pese a ser la mayoritaria. Ocupaban roles secundarios en el gobierno nacional y tenían apenas pocas alcaldías. No obstante, López tenía la fe puesta en la victoria liberal. En la Convención de 1929 sorprendió a sus copartidarios al advertir que debían prepararse para asumir el poder. En un país bajo control conservador, pocos creyeron posible ese giro; sin embargo, López leyó con agudeza el desgaste del régimen y la fractura irreconciliable del conservatismo, dividido entre el ala militarista del general Alfredo Vásquez Cobo y la facción civilista del poeta Guillermo Valencia. Esa terquedad de egos, sumada a las vacilaciones de la Iglesia encarnada en un dubitativo Monseñor Perdomo, terminó por quebrar al oficialismo. Al año siguiente, en 1930, el liberalismo aprovechó la hendidura y llegó a la Presidencia con Enrique Olaya Herrera. Aunque fue un gobierno de transición, el liberalismo encadenó tres administraciones más, dos de ellas con López Pumarejo a la cabeza.

Esa lección de hace un siglo nos deja un mapa de ruta nítido para el presente. La historia nos demuestra que la hegemonía de los extremos, por más omnipresente que parezca, lleva en su propio ADN la semilla del desgaste. El centro político, entendido no como el tibio punto medio de un espectro, sino como ese liberalismo de ideas que defiende las instituciones, las libertades y la sensatez, debe entender estos próximos cuatro años no como un desierto de lamentaciones, sino como un periodo de rigurosa preparación. El objetivo es claro: construir la alternativa que asumirá el poder en el 2030.

Este tránsito requiere una doble postura, madura y estratégica. Frente al gobierno que apenas arranca, la oposición ciega y el saboteo permanente son herramientas obsoletas que solo alimentan la polarización. Se necesita generosidad para apoyar aquello que beneficie al país, pero, al mismo tiempo, un agudo sentido crítico para señalar los extravíos ideológicos y los errores de ejecución. No se trata de cohabitar de forma dócil, sino de demostrarle al ciudadano que existe una forma más eficiente, técnica y honesta de gobernar.

Para que el 2030 sea una realidad y no una quimera, el trabajo pesado empieza hoy desde las bases. El centro no puede seguir siendo un club de intelectuales urbanos desconectados de la realidad territorial; tiene que volcarse a la construcción de estructuras regionales sólidas y canales de comunicación modernos, directos y empáticos, que dejen atrás los discursos acartonados.

En ese camino, la primera gran estación son las elecciones locales de 2027. Es ahí, en los municipios y departamentos, donde se siembra el poder real. Recuperar y ganar alcaldías y gobernaciones clave nos dará la legitimidad territorial y el músculo político necesarios. De ese proceso de maduración regional debe emerger un liderazgo renovado: una figura fortalecida, pragmática y con los pies en la tierra, capaz de pararse de tú a tú frente a los extremos, sin complexes ni titubeos. Como López Pumarejo en 1929, mantengamos la fe puesta en la victoria, sabiendo que el futuro pertenece a quienes se preparan para gobernarlo con audacia y realismo.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/samuel-machado/

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