Medellín, 22 de junio de 2026
Gabriel y Cande:
Hay muchas cosas que pasan a su alrededor y que aún no entienden; mucho menos lo que ha acontecido estos meses o el significado de lo que los adultos hicimos ayer en un cubículo de cartón. Sé que tampoco podrán leer esta carta, pero decidí que fueran ustedes los motores de la misma, así como son el motor y el propósito de sus padres y de quienes los queremos.
Ayer no voté con mucha esperanza, pero sé que muchos colombianos sí lo hicieron, y es válido. No quiero hablarles de quién ganó ni explicarles los pros y contras de ello. Quiero hablarles de su país, del que sueño para ustedes dos, en el que quiero que vivan y del que se puedan sentir orgullosos.
Sí, votar es importante, y se darán cuenta al crecer de que les va a despertar un montón de emociones: las más bellas e inspiradoras, pero también las más amargas. Pero ojalá no dejen nunca que esas últimas les dominen el corazón, como nos ha llegado a pasar a algunos; que no dejen, por ello, de hablar con sus amigos, que no sospechen del distinto ni juzguen al contrario.
Al crecer, les hablarán de este territorio que a veces parece atrapado en el laberinto de sus propios fantasmas, pero que es infinitamente más complejo y generoso que cualquier resultado electoral. Les hablarán de un país que se narra en el lamento herido de un vallenato, en esa música que ha aprendido a tramitar la pérdida; les hablarán de los ciclistas que escalan las cordilleras como si buscaran una tregua con la geografía, pedaleando con una obstinación que es, en el fondo, nuestra forma más pura de la fe. Les hablarán de las selvas y los ríos que han sobrevivido a nuestras peores épocas, y de una herencia cultural tan vasta que debería ser un puente en lugar de una trinchera.
Colombia está llena de mujeres valientes y brillantes como sus mamás, las que todos los días dan la vida por ustedes. De hombres verracos y trabajadores como sus papás, que se levantan a pensar y a hacer de este un mejor lugar para ustedes. En ellos habita una herencia de dignidad silenciosa: la de quienes entienden que los verdaderos cambios no se firman en los decretos, sino en la persistencia diaria de la decencia.
Ayer se apagó el ruido de las campañas, pero hoy amanece la terca realidad de los días que nos quedan por vivir. Nuestra historia colectiva está hecha de rupturas, pero también de una asombrosa capacidad para reescribirnos sobre las ruinas. Yo tengo una fe profunda en Colombia y en su destino, en la certeza de que este momento gris y amargo es solo un fragmento del relato, no su desenlace. Más temprano que tarde, las tensiones de este presente darán paso a un horizonte más limpio, donde ustedes y los niños que hoy heredan nuestras dudas puedan caminar sin el peso de las antiguas culpas, habitando un espacio donde la libertad no sea un privilegio, sino una certeza compartida.
Nosotros nos estamos levantando hoy, asumiendo las heridas de ayer, pero con la mirada fija en el porvenir, decididos a entregarles un país mejor del que nos tocó recibir. No queremos condenarlos a cargar con nuestros viejos agravios. Queremos que crezcan atentos, con los ojos muy abiertos y la sensibilidad dispuesta para reconocer los dolores del otro, desconfiando de los dogmas, pero profundamente orgullosos de lo que somos. Nos toca hoy volver a los oficios de la sensatez, recoger los fragmentos que la contienda política dispersó y ponernos a trabajar, juntos, para que el país del mañana se parezca mucho más a sus sueños que a nuestros miedos.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/samuel-machado/