Lo he dicho antes —y no solo yo, por supuesto— el sino de Colombia es que, pase lo que pase, seguirá siendo ella misma, atrapada en sus dicotomías: tradición contra progresismo, campo versus ciudad. Como la historia del mundo.
Lo que sabremos hoy, seguramente antes de las 6:00 de la tarde, es cuál es el camino que recorreremos en los próximos cuatro años y qué tanto retrocederemos en conquistas sociales y laborales. Doy por descontado que el ganador será Abelardo de la Espriella.
Soy como Pedro ante la invitación a caminar sobre las aguas en el mar de Galilea: un hombre de poca fe, aunque me sepa fragmentos de la Biblia.
Escribí, en otra columna, que confío en que las instituciones en Colombia sean capaces de contener el carácter atrabiliario del gobernante y sus ideas calcadas de otros lados, donde han demostrado no funcionar, con las que pretende convertir al país en lo que llama una patria milagro, que más parece un grito de sálvese el que pueda (que, he escrito antes, también, parece significar sálvese el que tenga con qué).
Sin embargo, esa confianza en las formas del Estado colombiano no es suficiente garantía. No se me olvida que bajo esas mismas formas en Colombia campeó a sus anchas un proyecto político-militar que logró cooptar buena parte de las fuerzas políticas nacionales (el 50% del congreso tenía nexos con el paramilitarismo, llegó a decir Salvatore Mancuso) y que contó con la aceptación de buena parte de la sociedad colombiana.
La encuesta Cuidar la democracia, presentada en febrero de 2026, tiene un resultado que me parece vale la pena exponer aquí. Les preguntaron a los encuestados ¿Qué tan buena o mala es cada una de estas formas de gobernar un país? El top cinco de los que respondieron “muy buena” quedó así.
Participación directa en las decisiones: 48%
Sistema democrático con presidente y congreso: 39%
Decisiones tomadas por expertos: 34%
Figura fuerte sin control del congreso: 20 %
Gobierno de las fuerzas armadas: 12%
No comprendo muy bien (la estadística no es lo mío) por qué la suma de los porcentajes supera el 100 por ciento. Pero permítanme detenerme en las tres últimas opciones de ese ranquin, porque no son pocos los que ven con buenos ojos que manden “los que saben” (como en una dictadura de sabios como la que proponía Platón), un hombre fuerte que no rinda cuentas a nadie y una dictadura militar en toda regla.
Y es precisamente esa propensión de la ciudadanía colombiana y de eso que llamamos institucionalidad (medios de comunicación, gremios, políticos, academia) a ver con buenos ojos a los autoritarios mientras siguen desconfiando de cualquiera que les parezca de izquierda, la que me hace dudar de que el muy posible gobierno de De la Espriella (o el fáctico, dependiendo de la hora en que lea usted esto) tenga el suficiente contrapeso para evitar que sus malas ideas se conviertan en realidad.
Su triunfo, sin duda, representará un paso atrás (o más de uno, mejor) en el camino de reconciliación de Colombia consigo misma, en la búsqueda por dejar de ser el país más desigual de la región. Recordé una frase del periodista y director de la revista Anfibia, Cristian Alarcón: «Aún no entendemos bien el derecho que les asiste a los excluidos de participar en su autodestrucción». Porque habrá muchos votos en contra de nosotros mismos.
Alea iacta est. Repito que ganará Abelardo de la Espriella y nos uniremos así a la ola reaccionaria que inunda el continente. Espero, con la fe del incrédulo que ya dije ser, equivocarme.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/mario-duque/