Tres lugares

En el silencio nocturno de este lugar sin nombre, recordé una estadía en otro de estos apartamentos de renta corta. Quedaba en una ciudad que levantó iglesias, títulos, esculturas dantescas y una gran catedral negra a fuerza de mula sobre la cordillera. Tenía una habitación con una ventana que daba hacia una montaña. La ventana, a la que me acerqué de inmediato al llegar, estaba repleta de robustas telarañas habitadas por tres inmensas propietarias. Estaban adentro de la habitación. A lo largo de la vida, mi relación con las arañas ha pasado del miedo al afecto, pero no pude no sentir escalofríos al imaginar la posibilidad de que en la noche alguna de esas roomies se interesara en explorar mis cachetes. 

Luego recordé otra experiencia en una ciudad hirviente al pie de otra cordillera. Conseguí el lugar demasiado tarde. Llegué a eso de la una de la mañana y tuve que enfrentarme a un señor que pretendía cobrarme el doble por la hora, por el aire acondicionado, porque sí… Me hice el pendejo con tal de poder descansar. Igual nunca tengo ánimos para pelear por plata. Cuando ingresé, sin embargo, me encontré con un lugar repleto de antiguos muebles de madera y un ventilador inservible. Había un tétrico olor a alcoba sin ventilar. Algo no me gustaba de ese lugar que en vano intentaron endulzar con un par de cuadros de frutas variopintas. Era como si en esa cama hubiese dormido un asesino. Ahí estuve dos noches en las que no pude dormir más de dos horas. 

Ahora estoy en un nuevo apartamento que renté por una semana. Una cordillera de picos nevados ilumina el suroccidente de la ciudad como estatuas de diosas antiguas y ya olvidadas. Desde mi ventana veo unas oficinas y, al fondo, la carrilera de un tren que escucho en las noches. Llegué fundido en la madrugada, por lo que solo me cercioré de la existencia de una cama y un baño. Todo lo demás es ganancia, pensé. Me levanté al día siguiente, con un poco más de energía, y comprobé que el color más vivo que hay en este lugar es el verde del jabón para la loza. Todo lo demás oscila entre el pálido blanco de las paredes y el negro del horno. Gris por todas partes. 

Hay un espejo frente a la cama. Lo noté apenas en la segunda noche. Recordé la superstición sobre los peligros del reflejo en la noche. Me abstengo de mirarlo directamente y, sin embargo, es lo único interesante en este apartamento que es mi «hogar» por un par de días más. Ni un solo cuadro (así sea de esos aburridos hechos por IA) en sus paredes. Pienso en los lugares inhóspitos. Las casas vacías. Las paredes roídas. Los colores aburridos. La realidad que estamos abandonando. Como si nuestra energía estuviera puesta en otros espacios. Como si no importara el entorno. Como si ya estuviera perdido.

Las otras estadías, a pesar de las arañas y las sombras marchitas, envejecieron bien en mi memoria. Prefiero dormir con una amenaza visible a mi lado en vez de una amenaza invisible que se puede dibujar frente al espejo. Prefiero el pinchazo de la araña o de un viejo fantasma al pinchazo de la nostalgia que se dibuja con facilidad entre las casas sin historia, en las paredes vacías. En El arte de la novela, Milán Kundera escribe:

«La muerte se vuelve invisible. Hace ya bastante tiempo que el río, el ruiseñor, los caminos que atraviesan los prados, han desaparecido del pensamiento del hombre. Nadie los necesita ya. Cuando la naturaleza desaparezca mañana del planeta, ¿quién la echará en falta? ¿Dónde están los sucesores de Octavio Paz, de René Char? ¿Dónde están aún los grandes poetas? ¿Han desaparecido o su voz se ha vuelto inaudible? En todo caso, menudo cambio en nuestra Europa, en otros tiempos impensable sin poetas. Pero si el hombre ha perdido la necesidad de la poesía, ¿se dará cuenta de su desaparición? El fin no es una explosión apocalíptica. Probablemente no haya nada más apacible que el fin».

El fin del mundo empieza en las paredes vacías porque le dejan demasiado espacio a los amargos recuerdos. 

Vamos dejando un poco de nosotros en los lugares que habitamos. Esta nueva estadía me hace pensar en los lugares que habitamos sin significado. Nolugares donde pareciera que lo más importante es tener un enchufe para el celular. Lugares donde brilla la ausencia —por la aparente inutilidad— del color. ¿Cuándo dejamos de relacionarnos con el espacio? Siento nostalgia del espacio, del entorno, del color, de un lugar como abrazo. ¿Un pinchazo de solastalgia? ¿Es este, acaso, un síntoma del apacible fin del mundo?

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/martin-posada/

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