La semana pasada vi un video que no he logrado sacarme de la cabeza. Duraba apenas unos segundos.
Una joven caminaba hacia el borde de un puente en Brasil. Sonreía. Se le veía tranquila. Tal vez nerviosa, como cualquiera antes de hacer algo que produce vértigo. Abajo la esperaba el vacío. Arriba estaban los instructores, las personas que supuestamente habían revisado cada detalle.
Los instructores la lanzaron. Y cayó.
Solo después se descubrió que nadie la había sujetado a la cuerda de seguridad.
Nadie verificó la línea de vida.
Desde entonces no he dejado de pensar en esa imagen. No por el accidente. No por la tragedia. Sino por esa confianza absoluta que tuvo una persona en quienes le aseguraron que todo estaba listo para saltar.
Porque, al final, ella no revisó la cuerda.
Confió.
Y a veces los seres humanos hacemos exactamente eso.
Confiar.
Confiar cuando firmamos un contrato que no leemos. Confiar cuando entregamos nuestras llaves. Confiar cuando subimos a un avión. Confiar cuando un médico nos dice que un procedimiento es seguro.
Y también confiar cuando votamos.
Dentro de pocos días los colombianos volveremos a acercarnos a un borde. No será un puente suspendido sobre un río ni una plataforma para deportes extremos. Será algo mucho más trascendental: una decisión colectiva sobre el rumbo del país.
Y como ocurre antes de cada salto, abundan las voces que aseguran que no hay nada de qué preocuparse.
Que esta vez sí.
Que ahora sí.
Que el futuro está garantizado.
Que basta con dar un paso más.
Escuchamos promesas de prosperidad inmediata, de transformaciones históricas, de soluciones simples para problemas complejos. Los candidatos aparecen como guías experimentados invitándonos a saltar. Algunos apelan al miedo. Otros a la esperanza. Otros al resentimiento. Todos quieren convencernos de que la cuerda resistirá.
Pero la historia tiene la desagradable costumbre de recordarnos que no toda cuerda soporta el peso de la realidad.
Durante décadas, distintas sociedades han sido seducidas por proyectos políticos que prometían construir paraísos. Algunos ofrecieron igualdad absoluta. Otros aseguraron que el Estado podía resolverlo todo. Otros prometieron refundar la sociedad desde cero.
La mayoría comenzó igual: con discursos emocionantes, aplausos multitudinarios y ciudadanos convencidos de que esta vez sería diferente.
Las consecuencias llegaron después.
Porque las naciones no se precipitan al vacío de un día para otro. Lo hacen lentamente. Primero renuncian a hacer preguntas. Luego dejan de exigir resultados. Después entregan su confianza sin pedir explicaciones.
Y cuando finalmente miran hacia abajo, ya es demasiado tarde.
Por eso las elecciones no deberían ser una competencia de emociones sino un ejercicio de responsabilidad.
Antes de votar conviene hacer lo mismo que alguien debió hacer aquella mañana en Brasil.
Revisar.
Verificar.
Preguntar.
Comprobar.
Examinar antecedentes.
Contrastar discursos con resultados.
Desconfiar de las soluciones milagrosas.
Porque la democracia no consiste únicamente en elegir. Consiste, sobre todo, en elegir con criterio.
La joven brasileña creyó que alguien había hecho las preguntas por ella.
Creyó que alguien había revisado los seguros.
Creyó que alguien había comprobado la cuerda.
Creyó que la línea de vida estaba allí.
No lo estaba.
Y mientras Colombia se acerca a una nueva cita con las urnas, quizá la pregunta más importante no sea quién habla más duro, quién promete más o quién despierta mayores emociones.
La pregunta es mucho más sencilla.
Mucho más incómoda.
Mucho más urgente.
¿Ya verificamos la línea de vida?
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