Estuve en una misa. En otra.
Yo, que al terminar el colegio de curas donde cursé el bachillerato creí que no volvería a una iglesia nunca más en mi vida, he regresado con cierta frecuencia de cuenta de matrimonios de amigos, bautizos de sus hijos y funerales de sus padres… Es el círculo de la vida enmarcado entre el Yo pecador y el hosanna.
En fin, que estuve en misa. En una primera comunión —me faltó esa—. Antes de terminar, durante los avisos parroquiales, entre peticiones por el diezmo y reconvenciones varias, el cura hizo un llamado a la participación democrática en la segunda vuelta electoral, pidió que el voto fuera a conciencia, para después deslizar que la mejor opción es aquella que represente los valores católicos. Solo le faltó ponerse firme y llevar la mano derecha, con los dedos bien estirados, hacia la frente.
Quien exija a estas alturas que la Iglesia —las iglesias— no participe en política desconoce la historia misma de la religión. Así que la petición velada desde el altar me pareció esperable. Incluso obvia.
Reparé en el párroco. Soy malo para el cálculo, pero creo que rondaba los cuarenta. No era, pues, un tipo del que uno pudiera decir que estaba viejo. Pero ahí estaba, con su alba, su casulla, su cíngulo y su estola diciéndoles a sus fieles que votaran por el señor que desprecia al otro y promete destriparlo. Todo muy al estilo del Antiguo Testamento.
Supuse, entonces, que el cura en cuestión prefiere repetirse a sí mismo los 10 mandamientos y dejar de lado el Sermón de la Montaña: «bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, pues ellos serán saciados».
Supongo que tampoco le debió de haber gustado mucho que la Conferencia Episcopal Colombiana hubiera publicado un comunicado donde recordaba que «el cristiano no vota por ‘salvadores’, sino por programas que respeten la dignidad humana, la justicia social y el cuidado de la casa común». Parafraseando el evangelio de Mateo, el que tenga ojos para leer, que lea.
Puede ser, también, que el sacerdote en cuestión frunza el ceño cuando le recuerdan que Jorge Mario Bergoglio al estrenarse como Papa, durante su primer discurso en la isla de Lampedusa, alzó la voz contra lo que denominó la cultura del bienestar «que nos lleva a pensar solo en nosotros mismos y nos hace insensibles al grito de los demás». Porque se me antoja que este cura (y otras tantas personas, entre eclesiásticos y seglares), es sordo a las voces de los nadies. Que recen más duro, para que los oiga el dios ante el cual claman, porque sus prójimos los ignoran.
Que se salven si tienen con qué.
Las palabras del cura de esta historia me llevaron al libro El loco de Dios en el fin del mundo, de Javier Cercas. Se pregunta a sí mismo el escritor mientras conversa con Aldo Cazzullo, periodista estrella del periódico Corriere della Sera, sobre Bergoglio: «¿A quién puede parecerle mal estar contra la guerra, contra las desigualdades, contra la pobreza o a favor de la preservación del planeta?».
La pregunta es retórica. Nadie se levantará a decir: Aquí, yo, sí. A mí me parece mal todo eso. ¿Y qué?
Y sin embargo…
Hay que verlos como siguen confundiendo y asegurando (a propósito algunos, por pura desidia de buscar un poco mejor, otros tantos, y por pura confirmación de sesgo un buen número) que estar contra la guerra es estar del lado de los criminales.
Se convencieron de que estar contra las desigualdades y la pobreza es cosa de comunistas (porque hay que ver qué miedo le tienen al fantasma del comunismo); y que estar a favor de la preservación del planeta —oponiéndose al fracking, por ejemplo— es condenarnos a la miseria como país.
Al final, dijo el hombre desde el altar, «pueden irse en paz».
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/mario-duque/