Hace un par de días, conversaba con mi mamá y me preguntaba por qué Abelardo había estado tan callado estos últimos días. De hecho, lo que más había escuchado era a su fórmula vicepresidencial, José Manuel Restrepo. Confieso que en ese momento se me escapó la razón de ese aparente silencio. Lo atribuí a una estrategia para mostrarse más moderado y así captar a aquellos votantes de centro y centro derecha que aún no han decantado su voto.
Sin embargo, hoy escuché una frase que cambió por completo mi análisis: “Nunca corrijas a tu oponente cuando se equivoca”. Y creo que, muy bien asesorado, eso es exactamente lo que está haciendo ADLE. Hoy parece que cada cosa que hace la campaña de Iván Cepeda es peor que la anterior y que va de un desacierto a otro.
La crítica al uso de la camiseta de la “sele” lo hizo parecer, para quienes no comulgan con sus ideas o simplemente no son sus seguidores, como alguien que pretende incidir incluso en la forma de vestir de los colombianos. A esto se sumó la campaña mediática de “Me la juego por la vida”, que terminó siendo volteada por activistas digitales para resaltar los apoyos oscuros que hoy respaldan, desde el Gobierno nacional, la campaña del candidato: Juliana Guerrero, Armando Benedetti o Carlos Caicedo, entre otros.
Y eso sin mencionar que parece atrapado en un incesante fuego amigo, en el que el presidente, lejos de comandar una remontada electoral, se convierte cada vez más en un lastre para la campaña, que no para de meter autogoles. Para adaptar términos futbolísticos, ahora que estamos en época mundialista.
Hay muchos ejemplos, pero uno de los más recientes y, a mi juicio, el más delicado fue el trino en el que respondía a una columna con la expresión “Heil Hitler”, sin ningún contexto adicional. Una salida que, independientemente de la intención, terminó eclipsando cualquier discusión de fondo y alimentando una nueva controversia.
Todo esto, en conjunto, solo parece demostrar que desde la dirigencia de campaña y desde el Pacto Histórico hay una creciente sensación de desesperación; que el golpe de la primera vuelta fue tan duro que, en su afán por recuperar terreno, han terminado por conseguir exactamente lo contrario. Porque cuando una campaña deja de hablar del futuro para dedicarse a reaccionar a cada polémica, cuando sus voceros parecen más preocupados por controlar la conversación pública que por construir una narrativa atractiva para los indecisos, y cuando cada día trae una nueva controversia que eclipsa el mensaje central, lo que proyecta no es fortaleza, sino ansiedad.
Y es precisamente allí donde cobra sentido el silencio de Abelardo. Mientras un sector de sus adversarios parece empeñado en convertir cada jornada en una nueva batalla mediática, él ha optado por una estrategia mucho más simple: dejar que los errores hablen por sí solos. A mi juicio , es una apuesta particularmente brillante y sí profundamente efectiva cuando el rival parece decidido a tropezar una y otra vez con la misma piedra.
A menos que ocurra un hecho extraordinario que altere por completo la dinámica electoral, la verdadera amenaza para la campaña de Iván Cepeda ya no parece estar en los ataques de su contendor, ni en las encuestas, ni siquiera en el desgaste natural de una segunda vuelta. Su principal problema parece ser ella misma. Y esa es quizás la peor noticia que puede recibir cualquier campaña: descubrir que el adversario más peligroso no está al frente, sino dentro de la propia casa.
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