Mal chiste

Recuerdo un chiste que aprendí apenas llegué a Bogotá.

—¿Qué le dice un ruso a un chino?

—Chino, páseme el palustre.

Como suele ocurrir con los malos chistes, primero tuve que entenderlo. Descubrí que el ruso no era ruso sino un obrero; que el chino no era chino sino un muchacho que ayuda en las construcciones; y que el remate consistía en que ninguno tenía relación con Rusia o China.

Rápidamente llegué a una conclusión sencilla: había invertido demasiado tiempo para una recompensa bastante pobre.

Algo parecido me ocurrió hace unos días cuando vi a Iván Cepeda acercarse al universo del K-Pop. Debo admitir que llegué tarde a la noticia. Mientras algunos celebraban la alianza generacional que habría de transformar la política colombiana, yo seguía intentando entender de qué estaban hablando. Así que hice lo que cualquier ciudadano responsable haría frente a un acontecimiento de semejante trascendencia nacional: fui a internet.

Vi videos. Leí explicaciones. Escuché entrevistas. Aprendí términos nuevos. Y cuando terminé el proceso de aprendizaje quedé exactamente igual que con el chiste bogotano. Entendí, pero seguí preguntándome: ¿y entonces?

Como no quería opinar desde la ignorancia, busqué asesoría especializada. Descubrí que los seguidores del K-Pop se organizan en comunidades llamadas fandoms, con símbolos propios, códigos compartidos y una lealtad inquebrantable hacia sus artistas favoritos. Es decir, una mezcla entre la Primera Línea y los integrantes del movimiento del bate del concejal Gury, pero con mejor vestuario y mejor coordinación.

A medida que profundizaba en el tema, me enteré de que los k-popers poseen una extraordinaria capacidad de activismo digital. Son capaces de movilizar miles de personas, posicionar tendencias globales y convertir cualquier asunto en una conversación planetaria. En términos colombianos, una bodega, pero con mejores intenciones.

También descubrí que son coleccionistas entusiastas. Fotografías, camisetas, artículos oficiales y recuerdos de toda clase ocupan un lugar importante dentro de la cultura de sus fandoms. Nada especialmente extraño para un país donde algunos coleccionan camisetas de la Selección con la figura del tigre, otros pinturas de Álvaro Uribe como si fuera un Cristo y otros, miles de votos que aparecen misteriosamente en la costa Caribe cada cuatro años.

Sin embargo, fue al acercarme a los productos culturales que consumen cuando encontré el verdadero punto de encuentro con Colombia. Nada parece gustarles más que los dramas: historias interminables, traiciones, amores imposibles y venganzas cuidadosamente administradas. Entonces comprendí que el K-Pop es más nacional que el sombrero vueltiao. Porque si hay algo que domina la política en el país no son los programas de gobierno ni los debates de fondo, sino precisamente el drama.

Como ejemplo están  los candidatos presidenciales, que en su empeño por ser los héroes de la telenovela terminan copiando las mañas del villano. Todos denuncian la política convertida en espectáculo, pero todos la promueven; todos critican los fanatismos, pero cultivan los propios; todos dicen defender las ideas, pero terminan apelando a las emociones. Y así, acaban interpretando distintos personajes de la misma historia.

En ese reparto, mientras Cepeda explora su faceta de estrella del K-Pop político, Abelardo parece decidido a consolidarse como el tenor de la gran ópera presidencial. Cada aparición pública suya parece estructurada en cuatro actos. En el primero, la República se encuentra al borde del precipicio. En el segundo, la libertad occidental enfrenta su amenaza definitiva. En el tercero, el comunismo avanza con paso firme. Y en el cuarto, Abelardo aparece como el salvador, asegurando que todavía existe esperanza.

Con semejante libreto, parece más probable que el país termine presenciando un concurso de talentos antes que un debate presidencial. A un lado del escenario aparecería Iván Style, decidido a convencer al público de que sus propuestas no son un cuento chino. Al otro, el Fantasma de la Ópera de Barranquilla, empeñado en advertir que todo aquello que toca la izquierda deja de pertenecer al país. Incluso el sol, que en una ficcional adaptación de la ópera italiana acabaría convirtiendo el «O sole mio, en un solo mío».

Entre tanto fandom, tanta épica, tanto drama y tanta puesta en escena, es importante recordar que las elecciones no consisten en escoger al protagonista de la próxima serie para adolescentes. Consisten en escoger a quién va a gobernar un país dividido. Por eso no puedo evitar pensar en lo parecido que resulta todo esto al viejo chiste bogotano del ruso y el chino. La diferencia es que en esta historia ninguno parece particularmente interesado en pasarse el palustre. Y sin palustre no hay edificio. Sin edificio no hay país. Y sin país, toda esta discusión termina pareciéndose demasiado a aquello que los coreanos llamarían un nappeun nongdam. Un mal chiste.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-carlos-ramirez/

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