Debatir no es trinar

Hannah Arendt, en ¿Qué es la política?, plantea que la política se hace por medio de la palabra. Para ser más precisos, la palabra es el medio idóneo para transformar el mundo. Sin embargo, en la actualidad vale la pena preguntarse: ¿qué tipo de palabra? Las redes sociales plantean enormes desafíos y han dejado en evidencia que hay palabras que abren caminos, que permiten encontrarnos, disentir, argumentar y reconocer al otro. Pero también hay palabras que atacan, calculan, viralizan y distorsionan el debate público.

En Colombia, las elecciones presidenciales han servido para hacernos entender que el mundo cambió y, con ello, también la forma de usar las palabras en el contexto político. El debate se trasladó al mundo digital y, en esa mutación, algo se deformó. Especialmente en X, donde la conversación pública pareciera reducirse a hilos, trinos calculados, frases pensadas detalladamente para indignar y respuestas que no sabemos si salen de los candidatos o de sus equipos. Se habla desde una cuenta oficial, pero no siempre sabemos quién habla realmente. La identidad política se vuelve una identidad digital administrada, controlada, suplantada y posiblemente irreal.

Lo hemos visto en el rifirrafe entre las campañas de Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda. Cuentas oficiales que se responden, se retan, se descalifican y construyen una batalla escrita que parece debate, pero no lo reemplaza. Porque un hilo de X permite calcular cada palabra, medir cada ataque, corregir cada frase y lanzar cada respuesta en el momento de mayor conveniencia. Un debate en vivo, en cambio, obliga a sostener la palabra frente al otro. A que la idea planteada no solo se sostenga con likes, sino con el rostro, la mirada, el tono, la energía y la presencia de cada persona.

Y ahí está la diferencia. En redes se puede editar, esperar, borrar, delegar y esconderse detrás de una pantalla. En un debate aparecen otros elementos que, al final, son los que nos distinguen de las máquinas: elementos propios de nuestra humanidad.

Por eso el país no debería conformarse con una campaña de trinos. El ejercicio democrático exige ver a los candidatos hacer uso de la palabra, responder ante el contradictor y someter sus ideas al choque sano de los argumentos. No para alimentar el espectáculo ni para convertir el debate en un concurso de insultos, sino para que los colombianos puedan decidir desde un ejercicio democrático real y no solamente desde el sesgo manipulado y reafirmado por el algoritmo de las redes sociales.

El algoritmo de las redes sociales está hecho para retenernos, reafirmarnos y validar nuestras ideas. Por eso nos muestra lo que queremos ver, nos entrega razones para seguir pensando lo mismo y multiplica militantes con micrófono que todos los días nos llenan de argumentos para odiar mejor al otro. Nos hastían de razones, denuncias e indignaciones del contrario, pero olvidan mirar la paja en el propio ojo.

La democracia digital es una versión enferma de este modelo político, algo que los griegos no alcanzaron a prever. No se imaginaron que una democracia se podía plantear sin el uso de la palabra, sin el debate y sin la conversación. Hoy estamos frente a un mundo que habla mucho, pero escucha poco; que opina todo el tiempo, pero casi nunca se cuestiona; que confunde interacción con deliberación y viralidad con verdad. De fondo aparece el afán por el like, por la respuesta, por la aprobación inmediata. Una especie de droga dopamínica que nos está nublando el juicio y nos aleja del buen uso de la palabra del que hablaba Arendt.

Por esa nueva realidad digital, esta segunda vuelta corre el riesgo de irse otra vez sin debate real. No porque falten palabras, sino porque sobran palabras deformadas. Sobran trinos, hilos, clips, insultos y militantes convencidos de estar pensando, cuando en realidad están siendo segmentados por una tecnología que creen dominar, pero que también los domina.

Mientras unos gritan “comunista” y otros gritan “fascista”, creyéndose diferentes, terminan siendo víctimas de una misma lógica: la de una tecnología que divide, ordena, segmenta y alimenta la rabia. Una tecnología que logra dividir y, por qué no, separarnos del otro, tal vez con el propósito de mantenernos así: distantes, incapaces de colaborar, incapaces de unir esfuerzos. Algo como un “divide y reinarás”, mantenerlos distraídos luchando entre sí. Un 50 % contra 50 % que, convenientemente, empieza a aparecer en cada elección en el mundo.

Esa es la nueva política o la nueva democracia: un lugar en donde hay exceso de palabras, pero incapacidad de sentarnos a intercambiarlas con el otro.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/ramon-de-los-rios/

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