¿Pelear por política?

Por supuesto que hay momentos en que uno escucha a alguien y quisiera decirle: vos tan pendejo, cómo se te ocurre votar por el tigre. Pero el otro día alguien en un chat nos dijo casi lo mismo a los que no pensábamos como él. Porque al final uno siempre es el pendejo del otro, y además, no sabemos argumentar. En general estamos arguyendo emociones, pero adentro no hay más.

Conozco a alguien que casi todo el periodo presidencial de Petro se la ha pasado sufriendo porque su esposo le dice que en cualquier momento les quitan la pensión. Por estos días a veces se desvela porque si gana Cepeda, ahora sí que se va volver realidad. El otro día mandó un audio de una señora que decía que había ido a votar en el extranjero y que le habían anotado mal el número de la cédula, que tuvieran cuidado, que había que llevar lapicero propio.

¿De dónde saca eso? De un grupo de jubiladas en las que se van asustando unas a otras con audios y memes y links de Facebook.

¿La fuente del audio?, le pregunto. Que Sutanita le dijo que es una prima suya, que es real. Es mejor no creer en audios que han sido reenviados muchísimas veces, le respondo. Todo muy sutil, porque no quiero que se enoje.

¿Por qué habría de enojarse?

Por estos días se escucha que no hay que perder la familia ni los amigos por cosas de política. Y pues sí, ¡cómo va a perder uno a la tía por eso! Pero el asunto es más complejo: la mayoría de las veces estamos evitando la discusión, y ahí es donde está el problema: el silencio.

Lo que estamos normalizando es que, para no pelear, decimos nada. Supongo que es por eso que ya mencioné: no sabemos argumentar, sino sentir. Lo otro es que no estamos dispuestos a escuchar al que piensa diferente. Solo nos interesa el círculo vicioso de la coincidencia.

Hannah Arendt, filósofa del siglo XX que pensó mucho la política cuando se vuelve furia, tenía una intuición: cuando dejamos de pensar, repetimos consignas. Y cuando dejamos de juzgar con cuidado, convertimos al otro en caricatura. En la familia eso se traduce en más preguntas, por ejemplo: ¿qué te haría cambiar de opinión, aunque fuese un poquito? ¿Qué hecho te haría decir aquí me equivoqué? Si la otra persona no puede nombrar ninguno, probablemente no está conversando, está militando.

No son tiempos para quedarnos callados: si la familia o los amigos no resisten un debate, eso ya indica que hemos construido relaciones muy frágiles. Lo que tenemos que aprender es a decir las cosas y a argumentarlas. Ser conscientes de lo que leemos, de dónde sacamos lo que decimos, de dónde vienen nuestras ideas.

Pero que el miedo no nos inhiba de hacer preguntas en el chat de la familia o de los amigos. Hay que ser capaces de cuestionar quién cabe en la patria firme, el porqué la derecha es estar del lado correcto de la historia, el porqué las posibilidades de que se acabe la democracia solo se nos ocurren con la izquierda, el porqué le tenemos tanto miedo al que es distinto, el porqué le cuestionamos tantas cosas a la paz y tan pocas a la guerra, el porqué hay víctimas que nos parecen buenas, y un porqué indefinido que, por demás, debe empezar en nosotros mismos: y vos por qué es que pensás así.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/monica-quintero/

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