El voto del miedo

A 17 días de la segunda vuelta, la campaña dejó de discutir sobre seguridad para empezar a competir por el miedo. No es lo mismo. Una cosa es debatir cómo se reduce el homicidio o se desmonta la extorsión; otra, distinta, es disputarse quién encarna mejor la respuesta a una sensación. El voto del 21 de junio se decidirá por muchas cosas: el costo de vida, el respaldo o el hartazgo con el gobierno que termina, la identidad de cada orilla, pero en el terreno de la seguridad hay algo que pesa más que las cifras: el miedo. Y vale la pena ver qué están haciendo las campañas con él.

Conviene empezar por lo que no es discutible. El miedo en Colombia no es un invento de campaña. El homicidio y la extorsión están en su nivel más alto en una década: el primer trimestre de 2026 cerró con la cifra de homicidios más alta desde 2015 y un récord de casos de extorsión denunciados en el mismo periodo. La gente que se siente insegura tiene razones para sentirse así. El problema no es que exista el miedo, sino lo que se hace con él.

Y lo que se está haciendo en ambas orillas es convertirlo en una plataforma. Abelardo de la Espriella construyó una narrativa de autoridad y orden, y resume su oferta en una mano firme contra el delito: el miedo al crimen como motor. Iván Cepeda responde con la idea de seguridad humana, ligada a la presencia del Estado y a las causas estructurales de la violencia; pero su campaña también moviliza un miedo, el de lo que representaría el adversario para lo avanzado en materia de paz y derechos. 

Son dos apuestas distintas. El problema es que ambas terminan apelando a la misma emoción. Y cuando ambas campañas compiten por administrar el miedo en lugar de desactivarlo, el miedo deja de ser el problema por resolver para convertirse en el lenguaje mismo de la elección.

Esa conversión tiene un costo que casi no se menciona, y no es de un solo lado. El miedo es un mal consejero electoral: promete soluciones a la velocidad de la emoción, no a la del problema. A una orilla le ofrece más policías, más cárceles, más operativos, imágenes visibles e inmediatas que un votante asustado puede imaginar. A la otra le ofrece la amenaza del retroceso, la idea de que todo lo avanzado se perderá si gana el contrario. Las dos son eficaces porque son simples. Ninguna describe la reconstrucción lenta de una institución que vuelva a ser confiable, porque esa imagen no encaja con una consigna.

Una buena parte de las víctimas en Colombia no denuncia porque no confía en el sistema. Una sociedad en la que tantos ya no acuden al Estado es una sociedad que ha perdido la confianza en la capacidad del Estado para protegerlos. Y esa desconfianza es el terreno donde crece todo lo demás: la gobernanza criminal que se ofrece como orden alternativo en los barrios, y también un voto que busca, en la promesa más enfática, un alivio rápido a una angustia vieja. El miedo no construye confianza; solo la administra.

El 21 de junio, los colombianos también elegimos qué vamos a hacer con nuestro miedo: si lo dejamos decidir por nosotros o si exigimos que alguien lo convierta en política y no en consigna. Quien gane heredará un país asustado y con razones para estarlo. La pregunta es si va a gobernar ese miedo o simplemente a administrarlo. Y esa cuestión es central porque un gobierno que responde al miedo solo con más miedo puede ganar una elección, pero no recupera la confianza que perdió. 

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/cesar-herrera-de-la-hoz/

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