El derecho al ocio 

Hace poco más de ocho días emprendí un viaje por Europa. Entre las muchas cosas que he podido conocer durante este recorrido, hay una que ha llamado especialmente mi atención. A pesar de que las ciudades europeas —en especial capitales como Madrid, Praga y Viena, donde he tenido la oportunidad de estar— son, a mi juicio, urbes dinámicas, aceleradas y, en ocasiones, convulsas, existe un rasgo que parece ser transversal a todas ellas.

En todas, a partir de las cinco o seis de la tarde, las personas suelen detener el ritmo de sus jornadas para disfrutar de lo que he decidido llamar el derecho al ocio: ese momento del día en el que dejamos de ser, necesariamente, sujetos productivos para dedicar tiempo a actividades distintas de las obligaciones cotidianas; tiempo para caminar, conversar, leer un libro, hacer deporte, compartir con la familia o, simplemente, no hacer nada.

Creo que esto ocurre porque esas sociedades lograron dar dos discusiones que en Colombia aún seguimos aplazando, al menos en Medellín. La primera es la recuperación y apropiación del espacio público; la segunda, la consolidación de un sistema de transporte público de calidad.

No se trata simplemente de tener parques bonitos o un metro eficiente. Ambas discusiones deben entenderse en un sentido tanto cualitativo como cuantitativo: no solo importa la existencia de infraestructura, sino su calidad, su cobertura y la oferta real que pone a disposición de la ciudadanía. En Medellín y el Área Metropolitana del Valle de Aburrá, esta oferta sigue siendo limitada, irónicamente, en la única ciudad de Colombia con un sistema de metro funcional.

Lo verdaderamente importante es que estas condiciones terminan definiendo la manera en que una ciudad distribuye el tiempo de sus habitantes. Cuando una persona debe invertir tres o cuatro horas al día en desplazamientos interminables o vive en una ciudad donde salir a caminar significa esquivar carros, andenes rotos, inseguridad o la ocupación indebida del espacio público, el ocio deja de ser un derecho para convertirse en un privilegio reservado para unos pocos. En cambio, cuando el transporte permite recorrer la ciudad de forma rápida, segura y predecible, y el espacio público ofrece lugares donde permanecer, encontrarse y disfrutar sin necesidad de consumir, las personas recuperan algo que suele pasar inadvertido: tiempo. Y el tiempo, quizás más que cualquier otra política pública, es la condición indispensable para tener una mejor calidad de vida.

Por supuesto, para que estas discusiones puedan ocupar un lugar central en la agenda pública, Colombia primero deberá resolver un desafío que Europa, en buena medida, logró dejar atrás hace décadas: la seguridad. Mientras el debate político siga dominado por el control territorial de grupos armados, la criminalidad, la extorsión o el narcotráfico, es apenas natural que las prioridades ciudadanas giren alrededor de la protección de la vida y la libertad.

En ese contexto, las próximas elecciones territoriales serán un escenario clave para que este debate empiece a tomar forma. Quien resulte elegido como alcalde tendrá el reto de compatibilizar un discurso firme en materia de seguridad con la necesidad de garantizar a los ciudadanos algo más que protección: tiempo y espacio para el ocio. Porque gobernar una ciudad no solo implica reducir los riesgos, sino también crear las condiciones para que las personas puedan vivir mejor, recuperar su tiempo y disfrutar plenamente de la ciudad que habitan.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/nicolas-calle/

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