Amapola y el poder

Durante la campaña de Paloma Valencia, la imagen de ella junto a su hija en medio de recorridos, o actos públicos, generaron críticas rápidamente. Los comentarios giraban en torno a que la exponía, que la usaba, que una buena madre no hace eso, parecía que los argumentos estaban envueltos de preocupación por la niña. Pero mi pregunta es ¿por qué es descabellado tener a su hija cerca, en esos escenarios?

Es más aceptable ver a un político llevando a su hijo a un acto, porque parece ser un padre cercano. Si es una mujer, el tema se vuelve cuestionable.

Un estudio de Princeton de 2023 encontró que las candidatas que hacen visible su maternidad son evaluadas como más cercanas y menos competentes al mismo tiempo. La maternidad pública les resta autoridad, aunque les sume humanidad. Es una cuenta que no cierra y que los hombres no tienen que hacer. Quizá ese fue el resultado de las elecciones del último domingo.

Y para refrescarnos estas cifras siguen siendo relevantes:

·         Las mujeres cargan con el 30% más de trabajo no remunerado en Colombia frente a los hombres (DANE, 2022)

·         Solo el 22% de los escaños del Senado colombiano los ocupan mujeres — uno de cada cinco.

·         Y, 1 de 3 candidatas en América Latina redujo su visibilidad pública por presión relacionada con sus hijos (ONU Mujeres).

Lo que se le pedía a Valencia, sin decirlo, era que dividiera su vida en compartimentos estancos, la política aquí, la madre allá, sin que los mundos se rozaran. Ese desdoblamiento es el privilegio que los hombres no necesitan ejercer. Ningún senador, o político, ha explicado públicamente quién cuida a sus hijos mientras él está en plenaria. A ningún candidato le han preguntado si su ambición es compatible con la paternidad.

La corresponsabilidad ha avanzado. Las leyes cambian, las parejas negocian más. Pero cuando la guardería llama, suele ser el teléfono de la madre el que suena primero. Cuando el hijo se enferma la noche antes de una votación, es la mujer quien hace el cálculo. Esa carga no aparece en ninguna encuesta de empleo, pero existe y pesa.

Mostrar a Amapola fue, entre los aciertos y los errores de una campaña cualquiera, un acto de honestidad fue un grito que dice: esto es lo que soy, esto es lo que cargo, aquí estoy. Que la niña se viera a veces cansada o asustada, no es prueba de negligencia. Las campañas agotan a cualquiera, y las mujeres las corren con peso extra.

Lo que necesitamos no es que las madres candidatas escondan a sus hijos. Necesitamos normalizar a las madres en carrera profesional, publica y privada, necesitamos entender que la realidad del cuidado no tiene por qué esconderse, necesitamos una cultura política que deje de leer la maternidad como debilidad o como cálculo electoral, según lo que convenga en cada momento.

Mientras eso no exista, cada mujer que aparezca en público con un hijo recibirá dos juicios simultáneos: el de su gestión y el de su rol. Paloma Valencia lo sabía. Apareció de todas formas. Eso, más allá de cualquier posición política, es parte de la carrera que las mujeres corren con las maletas y “obstáculos” que los hombres pocas veces tienen.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/vanessa-gutierrez/

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