Hay algo que me preocupa muchísimo de la discusión política actual. No que pensemos diferente, o que existan visiones opuestas sobre cómo resolver los problemas del país. Me preocupa el odio.
No porque sea nuevo. Colombia ha convivido con el odio político y la violencia durante toda su historia. Pero hoy se coló en todos lados y en todos los momentos. En las redes sociales, en los grupos de WhatsApp, en las conversaciones familiares, en las reuniones de amigos, en los comentarios de cualquier publicación, en los memes, en las historias.
Está en la facilidad con la que convertimos una diferencia de opinión en un juicio sobre el valor de una persona. Si alguien piensa diferente, es un bruto. Si vota por otro candidato, es un ignorante. Si cuestiona al líder que admiro, está vendido. Si apoya una causa distinta, es un fascista, un comunista, un paraco o un guerrillero.
Las etiquetas reemplazaron los argumentos. Y cuando eso ocurre, dejamos de discutir ideas para atacar personas. Ya no preguntamos por qué alguien piensa lo que piensa; preferimos asumir que está equivocado, que es manipulable o que tiene malas intenciones.
Sin embargo, detrás de casi toda posición política hay una experiencia de vida legítima. Quien ha sufrido la violencia probablemente priorizará la seguridad. Quien ha vivido la pobreza defenderá con más fuerza la protección social. Quien ha construido una empresa entiende las dificultades de generar empleo, asumir riesgos y sostener una operación. Quien tuvo que abandonar su hogar probablemente priorizará el acceso a servicios básicos y las oportunidades para salir adelante.
Todos estamos observando la misma Colombia, pero no todos la estamos viendo desde el mismo lugar.
La política debería ayudarnos a entender realidades distintas a las nuestras. Sin embargo, cada vez parece más interesada en profundizar las divisiones.
El odio moviliza. La indignación genera atención. La reacción recibe más aplausos que la reflexión. Señalar enemigos suele ser más fácil que explicar soluciones.
Las democracias necesitan desacuerdos. Necesitan oposición. Necesitan debate. Pero hemos terminado confundiendo pasión con capacidad.
Pareciera que elegimos a nuestros líderes como si un equipo de fútbol eligiera de director técnico a su mejor hincha. No al que más sabe del juego, ni al que tiene la mejor estrategia o al que haya demostrado mejores resultados.
El problema es que la pasión puede ganar elecciones, pero no necesariamente resuelve problemas.
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