Es Paloma o nunca

Con las elecciones a la vuelta de una semana, siento como un deber —tal y como lo hice para las elecciones de Congreso— salir a cantar el voto. Especialmente en el contexto actual, en el que estamos entre tres candidaturas, de las cuales dos, aunque aparentemente muy distintas entre sí, se parecen mucho más de lo que a sus adeptos les gusta aceptar.

Motivado por esto, y con el viento de cola que le da al tema el hecho de que ayer saliera la más reciente medición electoral, siento que es casi un deber moral cantar el voto: es Paloma o nunca.

Si bien las mediciones electorales hoy no parecieran particularmente alentadoras, pues se ha mantenido de manera consistente en el tercer puesto —cosa que, de seguir así, la dejaría fuera de una eventual segunda vuelta—, creo que estas no dejan de ser una foto, por demás limitada, de un paisaje mucho más grande que las encuestas no logran capturar. Porque lo que hay más allá de las cámaras de eco y de las miopes mediciones electorales es una apuesta real por un proyecto de país.

Creo que el trabajo que han hecho Paloma y Juan Daniel va mucho más allá de una mera activada proselitista propia de estas épocas. Han tenido la valentía, aun siendo una campaña sin duda marcada por la derecha, de establecer diálogos con distintos sectores de la población y de cautivar gran parte de ese voto del petrismo arrepentido y de la centroizquierda que otrora no hubiese —ni por asomo— votado por ellos.

Y ahí, precisamente, radica una de las mayores virtudes de esta candidatura: entender que Colombia no se construye desde trincheras ideológicas ni desde la arrogancia moral con la que muchos sectores políticos miran al que piensa distinto, sino desde la capacidad de escuchar, dialogar y reconocer las angustias reales de la gente.

Para mí han hecho otra cosa que considero particularmente valiosa: abordar a Colombia desde las problemáticas reales y las dificultades honestas de la población, dejando de lado ese patriotismo trasnochado —y a veces un poco rancio— que ha caracterizado muchos fenómenos de derecha en Colombia y en el mundo. Cosa que no es fácil, pues siempre la forma más sencilla de hacer campaña será apelar a esa fibra sensible que nos mueve a muchos connacionales a emocionarnos cuando se exaltan nuestros símbolos patrios, aun cuando detrás de ello no exista una verdadera propuesta de país.

Ahora bien, aún queda trabajo. Las encuestas lo demuestran. Y esto no lo digo con una preocupación excesiva, pero tampoco desde el triunfalismo. En 2022 el panorama no era muy diferente: Petro y Fico encabezaban las mediciones con márgenes muy parecidos a los actuales, mientras Rodolfo aparecía atrás. Y todos ya sabemos cómo terminó la historia.

Por eso creo prudentemente que hoy Paloma tiene serias posibilidades de pasar a la segunda vuelta presidencial y, en ese escenario, convertirse en la primera mujer presidenta de Colombia. Pero para que eso ocurra, hace falta algo más que entusiasmo en redes sociales o conversaciones entre convencidos. Hace falta decisión. Hace falta salir a votar. Hace falta entender que, a veces, los países sí llegan a momentos bisagra en los que toca escoger entre repetir fórmulas parecidas que no atienden las realidades nacionales ni van más allá de la simple emocionalidad o atreverse, de una vez por todas, a creer en un proyecto distinto, uno capaz de sumar entre distintos, de construir juntos un propósito común y de devolvernos la sensación de que Colombia todavía puede avanzar unida hacia algo mejor.

Y yo, hoy, sin duda alguna, creo que es Paloma o nunca. 

Otras columnas de este autor: https://noapto.co/nicolas-calle/

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