Las identificaciones políticas nacen de las historias más íntimas de las personas. Por eso el debate político no es técnico: es profundamente emocional y vincular. Nos identificamos no solo por formación política o razones económicas, sino por afinidad de valores, de pertenencia: de lugar, de clase, de raza, de sexo, de generación, de gustos. La política nos habita antes de que tengamos palabras para ella.
Cuando una identificación política es profunda, las personas no sienten afinidad racional —se convierten en algo. Desde lo político, ese algo ha sido una ideología, un partido, un sí o un no, un caudillo u otro. Las identificaciones, combinadas, serían algo así como: los liberales de compromiso ciudadano, del sí, fajaristas; los liberales del nuevo liberalismo, galanistas; los conservadores de la U, uribistas; los neoliberales del partido verde; los liberales de izquierda del Pacto Histórico, petristas; los liberales de izquierda del sí que no son petristas. Y podría seguir. Las variables son tantas que las combinaciones son infinitas.
Pero la mente busca patrones para sentirse segura y tomar decisiones menos complejas. Y el país también. Entonces esta multiplicidad de identidades confusas se redujo a una fórmula sencilla: derecha, izquierda y centro. Uribe, Petro, sí o no. Pacto Histórico, Centro Democrático. Los valores liberales o conservadores frente a los modelos económicos y de sociedad pasaron a un tercer plano; el peso principal lo tomó la manera en que cada quien concebía el final del conflicto armado en Colombia. De ahí, y del manejo que hicieron la institucionalidad y la oposición de esa discusión, surgió la última y más peligrosa división: los paracos y los guerrilleros.
Quedó una sola fórmula de selección múltiple entre dos identidades: los de la derecha del no, uribistas, del Centro Democrático, paracos. Los de la izquierda del sí, petristas, del Pacto Histórico, guerrilleros. Y eso es lo que nos dicen que tenemos que elegir.
No sorprende que los colombianos estemos en duelo de identidad política. Pero no es solo el duelo por los grises, por los matices democráticos, económicos y sociales que desaparecieron. Es que la gente está genuinamente confundida, porque le toca elegir a cuál de los delitos del conflicto le hace apología: si a los del Estado o a los de las narcoguerrillas. Hay que escoger si uno se sienta en la banca de la defensa o de la acusación en el pleito entre Uribe e Iván Cepeda. Tiene que decidir si es «facho» o «mamerto» y luego inventarse cómo defender ese lugar de enunciación obligado al que la polarización nos empuja.
Muy pocos encajan en esas descripciones. Y los pocos que calzan completamente, los realmente paracos y guerrilleros, son criminales y nadie quiere que lo asocien con el crimen cuando no lo ha cometido. Por eso cuando una identidad política se desdibuja en el oponente y se le asocia a delitos cometidos por guerrillas o por el Estado, lo que hay es una guerra a muerte por defenderse. Estas elecciones pasaron la raya de la insensatez por un duelo mal hecho de identidades políticas ficticias y minoritarias.
Y sin embargo, cuando me detengo a mirar a los colombianos —no a sus mandatarios, no a sus partidos— lo que veo es que no estamos tan lejos. Todos queremos vivir en un lugar próspero, seguro, amable, alegre, moderno, verde, diverso, pujante, bonito. Nadie quiere hambre. Nadie quiere violencia. Ese fondo existe, y precisamente porque existe, el duelo vale la pena hacerlo.
Hay que hacerlo pronto, además, porque todo lo que nos impide llegar a ser ese país hay que empezar a eliminarlo sistemática, metódica y técnicamente. Erradicar la pobreza y la inequidad requiere que todos estemos en el mismo bus, aunque no estemos de acuerdo. Hay que hacer ese duelo porque si no, medio país va a quedar sin cabida cuando su mandatario pierda o lo decepcionen, si sigue viendo en él su identidad personal. Aquí cabemos todos y con o sin esos caudillos aquí seguimos. No podemos perder a nadie más por violencia. No puede haber hambre. Tiene que haber riqueza, educación, salud. Esa es la verdad, y si quien está prometiendo esas cosas no las cumple, hay que dejar de defenderlo porque es insensato e irresponsable defender lo indefendible.
Un duelo es un asunto que hay que tomarse en serio. Tiene etapas, es un proceso, y es difícil atravesarlo en medio de unas elecciones con mucho ruido, sin debate político con altura, llenas de estrategias y herramientas digitales que engañan en vez de esclarecer. Pero somos más que eso.
Las etapas del duelo son la negación, la rabia, la negociación, la depresión y la aceptación —para que de ahí surja una nueva mirada sin dolor. Colombia, en esta historia, no ha podido llegar a la aceptación. Es un país inmaduro emocionalmente lleno de rabia y deprimido, y aunque cante a grito herido, baile y beba cada ocho días, la verdad es que la gente desconfía de todo, porque hay una historia muy larga de decepciones. Pero la depresión también puede ser exceso de pasado: seguimos queriendo encontrar al culpable, seguimos tristes, y no hemos aceptado lo que ya pasó, ni hemos aprendido a diferenciarlo de lo que hoy pasa. No hay posibilidad de futuro si no se suelta el pasado.
Por eso es importante que creemos otras identidades, o que aprendamos a prescindir de ellas cuando votamos. Que le hagamos el duelo a lo que haya que hacerle, para que tengamos ojos de futuro, de posibilidad, de justicia, de abundancia. No podemos ser el país victima para siempre. Ojala podamos ser sujetos lo suficientemente libres del pasado para preguntarnos qué necesita Colombia hoy, y a quién que -más allá de cómo habla, de qué símbolos usa, de a qué tribu pertenece o que a lealtad histórica me ata su discurso— es quien realmente sabe y tiene lo que hay que saber y tener para gobernar un país de más de 50 millones de habitantes, diverso, complejo y lleno de oportunidades y con el mayor de los retos: el narcotráfico y la violencia. Hay que tomarse en serio la pregunta de quien tiene lo que se necesita para manejar un país con dignidad y con altura y quien puede armar ese equipo que lo acompañe en la labor más difícil del país.
Votar sin poner ni dejarse poner la identidad en juego, no es indiferencia, ni acomodamiento. Es el duelo completado. Es decirle al caudillo: usted no es mi identidad. Es decirle al país: no neguemos lo que ha pasado, pero tenemos que agarrarnos de la mano y salir de ahí, de una vez por todas. Es recuperar la distancia necesaria para pensar. Y en esa distancia, curiosamente, nos volvemos a encontrar: porque lo que queremos en el fondo es lo mismo, y siempre lo fue.
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